domingo, 1 de octubre de 2017

Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca





Me levanto temprano este primer día de octubre. Mis pasos me llevan hasta mi biblioteca (mi única patria, la misma de Roberto Bolaño), y todavía medio dormido, inconscientemente saco Poeta en Nueva York de un estante. Lo abro y comienzo a leer uno de mis poemas favoritos: Pequeño vals vienés. Lo leo mientras en mi cabeza resuenan los ecos de la desgarradora voz de de Enrique Morente y de las guitarras de Lagartija Nick. Granada en el centro.

Pienso en el modo en que descubrí este poema. Me gusta que fuera la música de Leonard Cohen la que me lo descubriera. Pienso en las idas y vueltas a través del Atlántico de todos los que han vivido alrededor del poema. En su autor, Federico García Lorca, que viajó a Nueva York y allí lo escribió soñando con regresar de nuevo  a la otra orilla. En el músico canadiense Leonard Cohen que hizo el trayecto contrario para descubrir al poeta granadino, para traducirlo y ponerle melodía, para hacerlo más universal, si es que eso era posible. Pienso en Morente uniendo las dos orillas, el viejo y el nuevo mundo, en una canción maravillosa que devuelve el poema a su estado  original y lo decora con la melodía de Cohen pasada por el tamiz de su arte.

El círculo se cierra, pienso. En el centro, Granada. En el centro, Federico García Lorca.  Una obra maestra que, a buen seguro, le hubiera maravillado.
Pienso en los tres artistas. Federico, Leonard y Enrique. Los pienso  paseando por las calles del Sacromonte del cielo de Granada.


                               Enrique Morente. Pequeño vals vienés. Omega. Montaje de clasholo


"En Viena hay diez muchachas
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el niño muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas del llanto.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals del “Te quiero siempre”.
En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira que orillas tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
Y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals".














sábado, 30 de septiembre de 2017

Dibujos animados, de Félix Romeo



Dibujos animados de Félix Romeo es uno de esos libros que tenía pendientes desde hacía mucho tiempo. Lo escribió con 27 años y lo presentó en Madrid en enero de 1996, aprovechando un permiso penitenciario que le permitió salir de la cárcel de Zaragoza donde estaba preso por insumiso (anacronismo por el que  le cayeron 26 meses al negarse a hacer el servicio militar). En esa presentación, el autor habló de Dibujos animados como “una novela española, con todo lo que tiene de cutrerío, de kitch, de drama”.
Por fin la he leído. Y estoy de acuerdo con esas palabras que dijo Félix Romeo  hace ya más de veinte años.

Su estructura remite directamente a  I remember de Joe Brainard a quien imitó George Perec en Je me souviens. Félix Romeo es nuestro Brainard, nuestro Perec.

Comienza así:
“El día de la mudanza, mi hermana se metió en una caja de cartón. Mi padre buscaba a mi hermana. Y también a mi hermano. A mí me dejaron con la gata. Mi hermana llegó a la nueva casa dentro de una caja de Vanguard blanco y negro. En una mano levaba una batidora y en la otra un enorme pepón” (p. 13).

Dibujos animados es un libro corto (133 páginas), en el que el protagonista es un adolescente, hijo de un guardia civil, que vive en una capital de provincia (Zaragoza) en los años de La Transición. Félix Romeo lo estructura en 175 capítulos a modo de microrrelatos en los que el narrador recuerda esa época tratando de reconstruir el mapa sentimental de ese momento vital en busca del origen de su constante mala suerte.
Y sus recuerdos son los dibujos animados de los primeros años ochenta, sobre todo el Correcaminos y el Coyote, dibujos que se convierten en metáfora de la vida misma a través de los cuáles interpreta la realidad.

Se sitúa en el bando del Coyote, en el de los que no consiguen lo que quieren, en el bando de los perdedores que suelen acabar aplastados contra el suelo a pesar de que estrujan su imaginación y su astucia para lograr su objetivo, incansables, siempre persiguiendo al maldito Correcaminos.
“El deseo es así, uno se pega toda la vida esperando algo y cuando ese algo llega la vida se te queda como rota. Lo sé. He deseado como un cabrón. He dejado tanto tiempo en mis deseos que pienso que en cualquier momento puedo encontrarme con la lámpara de Aladino. Y que el genio me conceda tres deseos. Y lo pienso de verdad. Deseaba que Coyote le diera un tajo en la garganta a Correcaminos” (p. 21)




El resto de los recuerdos se reparten entre la familia, los amigos, el colegio y los vecinos, que están en el centro del relato. El protagonista es un niño que tiene que afrontar la adolescencia desde detrás de su gordura (sus apodo oficial es “Gordo”) y sus gafas de culo de vaso. La crueldad de los niños sale a relucir, aunque nuestro héroe trata de consolarse:
“Lo más terrible no es ser gordo. Ni siquiera llevar gafas de culo de vaso. Lo más terrible es llevar zapatos con calzas o con plataforma ortopédica. Con esos zapatos no puedes jugar al fútbol ni siquiera puedes correr decentemente. Te conviertes en un cero a la izquierda. Había dos hermanos gemelos que se llamaban Matalallana y los dos llevaban zapatos de ortopedia. Les llamábamos los Frankenstein. Y nos perseguían sin poder correr. Hasta que quedaban agotados. Esos zapatos pesaban una tonelada. A veces parecía que iban a perder el equilibrio y se iban a partir la crisma. Siempre iban muy juntitos. Sólo les faltaba levantar las manos y llevarlas hacia adelante” (p.35)

Dibujos animados es una pequeña gran novela narrada con humor y con ternura que al final deja un cierto regusto amargo por el realismo que transmite, ese realismo tan crudo que nos muestra la imagen de una sociedad que todavía no ha cruzado los Pirineos, pero que está en ello. La impecable prosa de Félix Romeo hace de la novela de lectura obligada.

“Mi hermano dormía arriba y yo dormía abajo. Yo soñaba los sueños de mi hermano. Mi hermano soñaba sueños extraños. Y yo los soñaba la noche siguiente. Mi hermano contaba los sueños por la mañana. Los contaba mientras desayunábamos. Y yo soñaba por la noche lo que mi hermano había contado. Yo no podía contar mis sueños y tenía que inventar nuevos sueños. Mis sueños inventados siempre pasaban en la vieja casa. Cuando todavía no soñaba lo sueños de mi hermano” (p.17)

Lástima que Félix Romeo se fuera tan pronto.





sábado, 16 de septiembre de 2017

Blanco nocturno, de Ricardo Piglia



Argentina es país de escritores. Y de lectores. Los libros forman parte de su paisaje. No se entiende sin sus librerías de la calle Corrientes, ni sin su gaucho Martín Fierro—«mi gloria es vivir tan libre como pájaro en el cielo»—, publicado en 1872 por José Hernández. Y después, Borges, Bioy, Cortázar, Arlt, Quiroga, Sábato…, y el último de los grandes: Ricardo Piglia.

Me fastidia descubrir a un escritor justo después de su muerte. Murió el pasado 6 de enero. Me fastidia no haberlo leído en vida, y más sabiendo que era un gran escritor. De hecho compré Blanco nocturno en 2011. Pero no lo leí. Lo dejé en la estantería para mejor momento. Murió Piglia y continué sin leerlo. El momento le ha llegado cuando, a finales de agosto, comienzo a leer Los diarios de Emilio Renzi y descubro que hay mucho nivel en la literatura de Ricardo Piglia. Utiliza su segundo nombre —Emilio— y su segundo apellido —Renzi— para colarse en sus obras como personaje literario. No me quedan excusas, así que leo Blanco nocturno. Se confirman mis sospechas de que el escritor argentino es uno de los grandes. Es un escritor nato. «Primero ser escritor, después empezar a escribir», anota en su diario con 20 años.



«Tony Duran era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladona. Fue un ménage à trois que escandalizó al pueblo y ocupó la atención general durante meses. Siempre aparecía con una de ellas en el Hotel Plaza pero nadie podía saber cuál era la que estaba con él porque las gemelas eran tan iguales que tenían idéntica hasta la letra. Tony casi nunca se hacía ver con las dos al mismo tiempo, eso lo reservaba para la intimidad, y lo que más impresionaba a todo el mundo era pensar que las mellizas dormían juntas. No tanto que compartieran al hombre sino que se compartieran a sí mismas».

Así comienza Blanco nocturno, una novela policiaca que se sale por completo del canon. Hay asesinato, comisario y ayudante, y también hay investigación. Hasta ahí cumple. Nada más. Piglia utiliza el género como excusa para poner al descubierto muchas de las corruptelas que se cuecen en la trastienda de un pueblo, de un país: el dinero negro, sobornos, las presiones de las grandes corporaciones, el poder al servicio del dinero, la deslealtad y la traición. Y todo esto ocurre en los años sesenta del siglo pasado en un pequeño pueblo perdido, cuyo nombre desconocemos, de La Pampa argentina.

Los personajes no tienen desperdicio.
Tony Durán, un mulato norteamericano (de Puerto Rico) que llega al pueblo y lo revoluciona.
La familia Belladona, en torno a la que gira la novela. Es la familia fundadora del pueblo. Lo fundó el abuelo, italiano que emigró a Argentina tras luchar en la Primera Guerra Mundial. El padre es el dueño del pueblo, un pueblo que nos recuerda a Macondo. Piglia hace algún que otro guiño a García Márquez, por ejemplo cuando el comisario comienza a dejar mensajes anónimos por el pueblo, como sucede en La mala hora de Gabo. Se respira cierto realismo mágico en la novela.
Luego está la madre Belladona, quien sólo se dedica a leer—«loca cuando no lee y no loca cuando lee» (p.186). Tiene dos hijos —Luca y Lucio—que gestionan La Fábrica, y dos hijas, las gemelas —Sofía y Ada—, dos sofisticadas y viajadas bellezas rubias que son el centro de atención de todos.
El comisario Croce es otro de los grandes protagonistas. Es una especie de honrado Sherlock Holmes que resuelve los casos más por intuición que por deducción. Y Saldías es su subalterno, su Watson, que traiciona a su maestro, precisamente por ser poco deductivo. Y frente a Croce está el odioso fiscal Cueto, el Moriarti que maneja todos los hilos del pueblo desde la sombra.
Además hay un japonés, Yoshio, que se enamora de Tony Durán,y dos jockeys rivales, uno de ellos apodado “El chino”, y por supuesto, Emilio Renzi, el alter ego de Piglia que se mete en la historia, como periodista que llega al pueblo desde Buenos Aires para cubrir la noticia del asesinato y su investigación.

La estructura narrativa de Blanco nocturno es compleja. Sabemos que a la postre Renzi (Piglia) será el autor porque es quien investiga las historia  del crimen. Hay un narrador omnisciente que nos va mostrando a historia a partir del comisario Croce que nos ponen en antecedentes de lo ocurrido. Y la alterna con una conversación en presente entre Emilio Renzi y Sofía Belladona. Ambas líneas continúan el relato de forma paralela, incluso cuando el periodista llega el pueblo y el narrador deja a Croce y se coloca junto a Renzi.

De todos los personajes me quedo con el más secundario de todos, un personaje del que solo conocemos su silueta ya que no aparece directamente en la novela. Me quedo con la madre de las hermanas Belladona, un personaje ajeno a todo lo que sucede, que vive fuera de la realidad, que sólo sale de la locura cuando lee (el pueblo no tiene escuela pero sí manicomio) porque es la realidad la que la vuelve loca. Al contrario que a Don Quijote, los libros la salvan de la locura. «loca cuando no lee, no loca cuando lee». Me quedo con este fragmento de Blanco nocturno:
«Mi madre dice que leer es pensar—dijo Sofía—. No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por nosotros. No todos los libros, desde luego, sino ciertos libros que parecen objetos de nuestro pensamiento y nos están destinados. Un libro para cada uno de nosotros. Hace falta, para encontrarlo, una serie de acontecimientos encadenados accidentalmente para que al final uno vea la luz, que sin saber, está buscando» (p.251)

Muy grande, Ricardo Piglia.






jueves, 7 de septiembre de 2017

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury



Hoy cumple un año El fuego de Montag.
El blog comenzó su andadura con una entrada en la que se mencionaba el capítulo del Quijote en el que el cura y el barbero, tras la primera salida de Don Quijote, hacían una purga de su biblioteca para que restableciera la cordura. La lectura de esos libros de caballería le habían hecho perder el juicio, de manera que la sobrina y el ama se encargaron de que la mayoría de su biblioteca acabara en la hoguera. No obstante, el cura y el barbero, como buenos aficionados a la literatura, salvaron de la quema algunos títulos, como Amadís de Gaula, Tirante el Blanco de Joanot Martorell (para el cura era el mejor libro del mundo), o La Galatea del propio Miguel de Cervantes.
Ni que decir tiene que de poco sirvió la bibliofogata, pues poco después ya estaba de nuevo el Caballero de la Triste Figura, adarga al brazo, cabalgando sobre el costillar de Rocinante.

Se hablaba —si se me permite el verbo— en esa primera entrada del blog, también de Pepe Carvalho y de la fea costumbre que tenía de encender la chimenea de su casa con un libro,  porque durante 40 años leyó libros y, decía, apenas le enseñaron a vivir. La primera novela convertida en ceniza por la mano de Pepe Carvalho fue Don Quijote de la Mancha (en realidad fue el segundo libro que quemó, pues el primero había  sido un ensayo de Pedro Laín Entralgo titulado España como problema).

Estos pirómanos cervantinos y montalbanianos me llevaron directamente a pensar en Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury protagonizada por un pirómano arrepentido llamado Guy Montag.
La novela, publicada en 1953, es una de las distopías más famosas de la literatura junto a Un mundo feliz de Aldoux Huxley y 1984 de George Orwell
Tendría quince años cuando la leí y su lectura incrementó mi creencia en que los libros eran sagrados, con independencia de autor y contenido (hoy no lo tengo tan claro), en que cualquier libro había de ser rescatado del abandono o de la quema. Montag se convirtió en uno de mis personajes favoritos. De ahí el nombre de este blog.




Montag es un pirómano profesional, un bombero que trabaja para el Estado, y que en vez de apagar fuegos los provoca. Pero no quema cualquier cosa. Su trabajo consiste en buscar y encontrar los libros ocultos y quemarlos porque los libros están prohibidos. Fahrenheit 451 es la inscripción que lucen orgullosamente los bomberos  en su casco, pues es la temperatura a la que arde el papel, al menos eso afirma Ray Bradbury en la novela. Montag hace su trabajo sin preguntarse si está bien o no. Es su deber. Hasta que un día, movido por la curiosidad y por un encuentro con una joven, comienza a dudar.
Tras esta epifanía, Montag se convierte en un peligroso y subversivo antisocial que busca a los clandestinos amantes de los libros para unirse a su causa. Faber, un viejo profesor, le dice: “Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos. Son la guardia pretoriana de César, susurrando mientras tiene lugar el desfile por la avenida: «Recuerda, César, que eres mortal»”.

En 1966, Francois Truffaut llevó la novela de Bradbury a la gran pantalla e hizo una de las mejores adaptaciones de la historia del cine. El primer libro que aparece (tan sólo durante una décima de segundo) en la película antes de ser pasto de las llamas se titula Don Quijote de la Mancha. Seguro que Pepe Carvalho, que era un tipo culto, había visto la película. 






jueves, 31 de agosto de 2017

Sunset Park, de Paul Auster




A mediados de agosto me entero que la editorial Seix Barral (aún no me creo que ya no esté con Anagrama) va a publicar la última novela de Paul Auster a principios de septiembre. Se titula “4 3 2 1”. (creo que ayer ya había ejemplares en las librerías). Como en agosto estoy perezoso con las lecturas decido leer Sunset Park, la última novela que publicó Paul Auster a finales de 2010 (después publicó dos libros autobiográficos que no tienen desperdicio: Diario de invierno en 2012 e Informe del interior en 2013) . 
Compré Sunset Park en el Círculo de Lectores y casualmente me llegó el 1 de enero de 2011 a casa (los comerciales del Círculo no descansan nunca). La leí de un tirón, como me pasa con casi todo lo que el escritor norteamericano publica. Tras esta segunda lectura me ha parecido una de las novelas más flojas de Auster (entonces no me lo pareció), lo que no significa que sea una mala novela. Pensaba escribir una reseña, pero he preferido buscar en mis cuadernos por si había escrito algo sobre ella cuando la leí por vez primera. Por aquel entonces estaba convaleciente de un esguince de rodilla que, inexplicablemente (ríete tú como lo hizo el médico que me atendió) me hice jugando al billar. Aquellas navidades inolvidables no pude hacer mas que estar en casa con la pierna estirada, así que aproveché para hacer dos de las cosas que más me gustan: leer y escribir. Y he aquí la transcripción literal de lo que hace seis años y medio escribí en un Moleskine negro sobre Sunset Park.


                                               Sunset Park. (Foto de M. Jording)

“Durante casi un año ya, viene tomando fotografías de cosas abandonadas. Hay como mínimo dos servicios al día, a veces hasta seis o siete, y siempre que entra con sus huestes en otro domicilio, se enfrenta con las cosas, con los innumerables objetos desechados por las familias que se han marchado. Los ausentes han huido a toda prisa, avergonzados, confusos, y dondequiera que habiten ahora (si es que han encontrado un lugar para vivir y no han acampado en la calle), sus nuevas viviendas son más pequeñas que los hogares que han perdido. Cada casa es la historia de un fracaso­ (de insolvencia e impago, deudas y ejecución hipotecaria) y él se ha propuesto documentar los últimos y persistentes rastros de esas vidas desperdigadas con objeto de demostrar que las familias desaparecidas estuvieron allí una vez, que los fantasmas de gente que nunca verá ni conocerá siguen presentes en los desechos esparcidos por sus casas”.
Así comienza esta novela, con una de las consecuencias más sangrantes de la crisis económica que comenzó en 2008 en Estados Unidos tras la caída del gigante financiero Lehman Brothers: los desahucios. El motor de la trama es precisamente la dificultad de acceso a una vivienda. Esto será lo que una a los protagonistas.

El fotógrafo del incipit y gran protagonista de Sunset Park es Miles Heller, un joven solitario cuya vida está marcada por el divorcio de sus padres y, sobre todo, por el fallecimiento dramático de su hermanastro. Miles escapa de casa sin dejar una nota y desaparece de de Nueva York. Durante siete años viaja por el país trabajando en cualquier cosa para sobrevivir, entre ellas como mozo encargado de vaciar las casas de familias que han sido desahuciadas. En Florida se enamora perdidamente de una chica de diecisiete años, Pilar, una inteligente y preciosa estudiante de Bachillerato. Los problemas que Miles tiene con la hermana mayor de Pilar le hacen regresar a Nueva York para vivir como okupa en una casa del barrio de Sunset Park que su amigo Bing Nathan se ha empeñado en rehabilitar junto a dos amigas.  En la ciudad vive su padre, un importante editor, y su madre, una famosa actriz, acaba de aterrizar para protagonizar un a obra de teatro. Llevan siete años sin verse. Es hora de volver, pero el reencuentro no será fácil.

Paul Auster disecciona la vida de un grupo de jóvenes en un momento en que ya deberían tener el porvenir entre sus manos, sin embargo, están con las manos vacías y un futuro lleno de incertidumbre a pesar de que todos tienen talento y ganas de trabajar. La crisis económica se ha llevado por delante las esperanzas de muchos, entre ellos las de los protagonistas que andan ya por la treintena. Miles Heller, un joven con capacidad para hacer cualquier cosa, que vio cómo su vida se venía abajo tras un incidente. Bing Nathan, su amigo de la adolescencia, única persona con la que Miles no ha perdido el contacto, es músico y tiene un taller para reparar objetos que ya apenas se utilizan, como las máquinas de escribir. Es un romántico que ha puesto el nombre de “Hospital de los objetos rotos” al taller. Es el más crítico con el sistema. Ellen Brice, pintora y dibujante, trabaja provisionalmente en una inmobiliaria. Alice Bergtsrom, licenciada en Filosofía, se dedica a terminar su tesis sobre la vida en Estados Unidos en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Lo hace, entre otras fuentes, a través del análisis de la película Los mejores años de nuestra vida. Al mismo tiempo trabaja en el PEN, una organización que lucha a favor de la libertad de expresión y de los escritores y periodistas presos por ejercer este derecho. Esta es una de las constantes preocupaciones de Auster desde que en febrero de 1989, el ayatola Jomeini , líder religioso de Irán, publicara una fatwa que instaba a la ejecución del escritor británico Salman Rhusdie al publicar un libro titulado Los versos satánicos por considerarlo “blasfemo contra el Islam”.

La vida de los cuatro jóvenes confluye cuando la falta de dinero les obliga a okupar una casa abandonada en Sunset Park, una zona marginal y austera del barrio de Brooklyn. En los pocos meses que conviven tratan de mejorar sus respectivas vidas a pesar de las difíciles circunstancias personales. Todos son personajes interesantes, todos cargan con problemas personales y todos intentan resolverlos lo mejor que pueden. Pero no será fácil, sobre todo para Miles.
“Ha decepcionado a su padre, ha fallado a Pilar, ha defraudado a todo el mundo, y mientras el coche cruza el puente de Brooklyn y contempla los enormes edificios de la otra orilla del East River, piensa en las construcciones perdidas, en los inmuebles perdidos y  las manos perdidas, y se pregunta si vale la pena tener esperanza en el porvenir cuando no hay futuro, y de ahora en adelante, dice para sí, dejará de tener esperanza en nada y vivirá exclusivamente para hoy mismo, para este momento, este instante fugaz, el ahora que está aquí y ya no está, el momento que se ha ido para siempre”.

 A diferencia de Brooklyn Follies (2005) , una novela happy, Sunset Park nos muestra al Auster pesimista de las primeras novelas, movido seguramente por la incertidumbre de un mundo que se desmorona con la crisis, de un futuro incierto y oscuro de una sociedad, la norteamericana, que ha perdido su norte. Por eso la confronta continuamente con la sociedad de la posguerra que anduvo también desorientada, y lo hace a través del análisis que hace Alice Bergstrom para su tesis de la película Los mejores años de nuestra vida, película de William Wyler estrenada en 1946, “la epopeya nacional de aquel momento determinado de la historia norteamericana: la historia de tres hombres destrozados por la guerra y las dificultades con las que se encuentran al volver con su familia, la misma situación que millones de otras personas que vivieron en la misma época”.
Paul Auster hace en Sunset Park un paralelismo entre esos dos momentos históricos que significaron el fin de una época y el inicio de otra muy diferente. Esto lo consigue a través de los personajes adultos que aparecen en la novela, sobre todo los padres de Miles.
Morris Heller, su padre, es dueño de una pequeña editorial de autores de éxito. Mary Lee Swann, su madre, es una estrella de Hollywood que además hace televisión y teatro. Rondan los sesenta años y sus vidas han sido plenas a nivel laboral y sentimental a pesar de su pronta separación tras el nacimiento de Miles.

Morris lee en las necrológicas de los periódicos los fallecimientos de deportistas y escritores fueron sus referentes, tanto en el caso del béisbol como en el de la literatura (Norman Mailer, Harold Painter, Susan Sontag…). Ese pesimismo vital se incrementa con la muerte de jóvenes como su hijastro o la brillante hija de un escritor amigo que se quita la vida en Venecia.
A lo largo de  la novela se percibe ese fatalismo. Tras la crisis, las generaciones de jóvenes tienen un futuro incierto. Tan solo hay una certidumbre: difícilmente vivirán mejor que sus padres.




Traducción de Benito Gómez Ibáñez


jueves, 10 de agosto de 2017

Un gran chico, de Nick Hornby



Durante el mes de agosto mi pereza ancestral se manifiesta en todo su esplendor. Es su mes.  Yo apenas puedo hacer nada para contenerla. Ni siquiera la frase de Ana Frank —“la pereza seduce, el trabajo satisface”— que tan presente tengo el resto del año, logra sacarme de la inoperancia más absoluta. Puedo leer, porque es una actividad que se lleva bien con La Pereza. Pero ésta siempre quiere lecturas llanas, de poca dificultad, de nivel 1. Puede que el calor tenga algo que ver. O que a mi alrededor haya poco trasiego. O que Neo (mi perro) se pase todo el santo día tumbado a la bartola. O que la ciudad se quede fantasma en estos días. O que comprar el pan se convierta en una odisea que me lleva a recorrer el barrio en busca de una panadería que no haya “cerrado por vacaciones”. Lo cierto es que la levedad se apropia de todo en el mes de agosto. También de la lectura. Y ya La Pereza se hace cargo.

El otro día comencé a leer un libro de Rodrigo Fresán titulado La parte inventada, y a la sexta línea me llevé un pescozón. Sentí el golpe y me quedé aturdido. Y asustado, sobre todo porque estaba solo en casa. No hizo falta girarme para ver de quien había sido esa mano invisible. Mensaje recibido. Fui hasta la estantería y saqué el libro que La Pereza había comprado unos días antes. Se titulaba Un gran chico. Su autor Nick Hornby. Es el cuarto libro que leo del autor. Me divertí con Alta fidelidad y con Juliet, desnuda. No tanto con Cómo ser buenos.

La Pereza ha disfrutado de la lectura de Un gran chico. Incluso la he sorprendido con alguna que otra risa. A mí no me ha hecho tanta gracia. Me ha gustado el personaje de Marcus, un adolescente inteligente que se sale de la uniformidad que comparten sus compañeros de instituto, por lo que se convierte en blanco fácil. A La Pereza, no me extraña, le ha gustado el personaje de Will, un treintañero soltero, sin oficio ni beneficio, que no hace nada porque vive de los derechos de autor de una canción navideña que compuso su padre. Will sigue la norma. El azar cruza sus caminos. Pronto descubrirán que se necesitan mutuamente.
Yo pondría Un gran chico en el segundo grupo de las novelas de Nick Honrby. La Pereza en el primero. Pero no quiero discutir porque en agosto lleva las de ganar. Agosto es su mes. Ya llegará septiembre, me digo.

La Pereza me aparta del teclado de un empujón.
—Ya sigo yo—me dice.





 Traducción de Miguel Martínez-Lage

martes, 25 de julio de 2017

La noche, de Elie Wiesel




La semana pasada encontré en la Librería de Sefarad de Girona un libro que andaba buscando desde hacía tiempo. Se trata de La Noche de Elie Wiesel, novela autobiográfica publicada en 1958, en la que narra su terrible experiencia en los campos de Birkenau, Auschwitz, Buna y Buchenwald durante la Segunda Guerra Mundial. Elie Wiesel fue deportado junto a sus padres y su hermana en la primavera de 1944. El 11 de abril de 1945 fue liberado el campo de Buchenwald. Fue el único superviviente de la familia. Tenía 15 años. A ellos dedica este libro.

Su lectura, rápida e intensa (141 páginas), me ha traído a la memoria la visita que hice junto a unos amigos al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, al sur de Polonia, hace ahora diez años. Íbamos por la carretera en dirección a Cracovia desde la frontera checa, cuando vi un cartel sobre un muro de ladrillo en el que se podía leer: Auschwitz. No paramos el coche. Me costaba pensar que ese lugar existiera a pesar de los libros y películas que había visto y leído. Conforme pasaban los minutos iba siendo consciente de que existía. Auschwitz estaba en mitad de un frondoso bosque atravesado por un pequeño río. Habíamos pasado por ahí. Me parecía imposible que en aquel tranquilo lugar del centro de Europa se hubiera producido el acto de barbarie más terrible de la Historia. Aquel paraje parecía todo lo contrario al infierno.

La visita la realizamos al día siguiente desde Cracovia. Regresamos a pesar de las reticencias de algunos de mis compañeros de viaje, que consideraban que aquello se había convertido en una especie de parque temático al servicio de los intereses del Estado de Israel. Por entonces, igual que hoy, Israel hostigaba duramente a los palestinos de la franja de Gaza. Seguramente tenían razón. La Historia, desvirtuada y simplificada, es utilizada muy a menudo por dirigentes políticos para justificar sus decisiones. Pero yo no pensaba en los dirigentes israelíes, sino en las muchas personas de carne y hueso, con nombres y apellidos, con familia, con amigos, que pasaron por por el campo, vidas que el terror nazi segó por completo en este lugar en nombre de una Alemania grande y pura. Nacionalismo fanático llevado a sus últimas consecuencias en Auschwitz-Birkenau. Una fábrica de matar, un matadero industrial de personas.

Hacía una mañana calurosa cuando llegamos Oswiezim (Auschwitz en alemán), la pequeña ciudad polaca que tuvo la  desgracia de ser elegida por los alemanes para el exterminio de un millón y medio de personas, judíos en su mayoría. A las afueras estaba Birkenau (Auschwitz II). La imagen de la entrada al campo la había visto tantas veces que me pareció que era el decorado de una película. Como de cartón piedra. Hasta que me acerqué a las vías. Ahí estaban esas vías de hierro que entraban hasta el campo por un arco rebajado coronado por una torre de vigilancia. Caminé por ellas y me acordé de Elie Wiesel y de Primo Levi y de La lista de Schindler y de no se qué más porque estaba impactado. Muy impresionado. Había turistas alrededor, creo que no muchos, al menos no me fijé en ellos. Una vez dentro continué caminando por esas vías muertas. Miré alrededor. Un gigantesco, inmenso descampado rodeado por una alambrada. A la derecha, a lo lejos, unos cuantos barracones de madera en los que eran metidos los presos. Al frente, también lejos, algunas chimeneas en ruinas. Los crematorios. Y un inmenso cielo azul en el que flotaban algunas nubes blancas. Eso era todo. Nada más. Se me encogió el corazón. Así fui todo el tiempo que duró la visita, con el corazón en un puño. Después visitamos el otro campo, Auschwitz. Estaba cerca. Recuerdo la cínica bienvenida para los presos: Arbeit macht frei. Los diferentes bloques de ladrillo. Fotografías de presos. Sus rostros, los trajes a rayas, sus zapatos, sus maletas. También estaban las fotografías aéreas de los campos que habían tomado los aviones aliados. Sabían de su existencia. ¿Podrían haber hecho algo por ellos, por las víctimas? Me lo pregunté entonces. Me lo sigo preguntando.


Leyendo la novela vienen a mi mente imágenes de películas que he visto varias veces y que todo el mundo conoce. Seguro que los directores leyeron La noche antes de rodarlas.
Las imágenes: la creación del gueto judío en Sighet, pueblo de Transilvania (entonces húngaro, hoy rumano)  del que era originario Wiesel, la deportación en los vagones sellados, los gritos desgarradores de una mujer, la llegada a los campos, el trabajo forzoso moviendo grandes bloques de piedra, la selección de los más débiles para su exterminio, la crueldad de los miembros de la Gestapo y las SS, los crematorios, (extrañamente no cita las cámaras de gas, aunque sí las duchas por las que pasó el protagonista cada vez que cambió de campo. Este hecho, la ausencia de las cámaras de gas, ha hecho dudar a algunos de la veracidad del relato), los experimentos del despiadado Doctor Mengele, los barracones, la sopa y el mendrugo de pan, el frío, la desesperación, la muerte.
Y por último, la liberación con la llegada del tanque norteamericano al campo de Buchenwald. ¿Recuerdas la película? “Nunca me ha alegrado tanto de ver a un soldado americano”, me dijo un amigo después de verla.

Me ha llamado la atención la candidez, el optimismo, la esperanza de los judíos que eran metidos en guetos y después conducidos hasta los vagones.

“Poco a poco, la vida volvió a ser normal. Las alambradas que, con una muralla, nos cercaban, no nos inspiraban reales temores. Hasta nos sentíamos bastante bien: estábamos todos juntos. Una pequeña república judía… Se creó un consejo judío, una policía judía, una oficina de ayuda social, un comité de trabajo, un apartamento de higiene, todo un aparato de gobierno.
Todos estaban maravillados. Ya no íbamos a tener ente nuestros ojos miradas hostiles, miradas cargadas de odio. No más temas, no más angustias. Vivíamos entre judíos, entre hermanos…” (p.25)

 “—Me parece que todo este asunto de la deportación es sólo una gran farsa. Sí, no se ría, por favor. Los nazis quieren simplemente apoderarse de nuestras joyas. Pero saben que todo está enterrado y habrá que realizar registros; es más fácil cuando los propietarios están de vacaciones…” (p.35)

El vagón sellado y los campos acabarían con esa esperanza.

Escribe Wiesel sobre su traslado desde el campo de Birkenau hasta el de Auschwitz:
“La marcha hacía durado una media hora. Mirando a mi alrededor, observé que las alambradas estaban detrás de nosotros. Habíamos salido del campo.
Ers un hermoso día de abril. Flotaban en el aire perfumes primaverales.. El sol descendía hacia el oeste.
Pero apenas caminamos unos instantes, percibimos las alambradas del otro campo. Una puerta de hierro y sobre ella esta inscripción: ¡El trabajo es la libertad!
Auschwitz.
Primera impresión: era mejor que Birkenau. Construcciones de hormigón, de dos pisos, en lugar de barracas de madera. Jardincillos aquí y allá. Nos condujeron hacia unos de esos blocs” (p. 58)

En la novela, Wiesel, no describe los campos con detalle. Se centra en el miedo, la angustia, el hambre, la incredulidad, la crueldad, los conflictos entre los propios presos. A veces, incluso pinta situaciones en las que se puede respirar. Por encima de todo, es el relato de la supervivencia junto a su padre a lo largo de aquellos doce interminables meses.
Y de la desaparición de su fe.

“Jamás olvidaré esa noche, esa primera noche en el campo que hizo de mi vida una sola larga noche bajo siete vueltas de llave.
Jamás olvidaré esa humareda.
Jamás olvidaré las caritas de los chicos que vi convertirse en volutas bajo un mudo azur.
Jamás olvidaré esas llamas que consumieron para siempre mi Fe.
Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir.
Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma, y a mis sueños que adquirieron el rostro del desierto.
Jamás olvidaré, aunque me condenaran a vivir tanto como Dios. Jamás.” (P.51)


Traducción de Fina Warschaver












Fotografías tomadas en Auschwitz-Birkenau en julio de 2007

sábado, 22 de julio de 2017

Quince días en las soledades americanas, de Alexis de Tocqueville




 Para Andrea


Quince días en las soledades americanas apareció publicado por primera vez en 1860, meses después de la muerte de su autor. Su amigo y compañero de viaje, Gustave de Beaumont se encargó de dicha tarea, pues era un texto que el propio Tocqueville había dejado ya listo para la imprenta.
Es una obra de 125 páginas en la que se narra una parte de la experiencia vital del autor en el viaje que realizó a los Estados Unidos de América junto a Beaumont en abril de 1830 con motivo del estudio del sistema penitenciario de la joven democracia norteamericana. En realidad hubo otros condicionantes que le llevaron a emprender dicho viaje.

Alexis de Tocqueville, de familia aristocrática, que había cursado la carrera de Derecho en París, contaba veintidós años cuando tomó posesión como juez auditor del Tribunal de Versalles. Corría el mes de junio de 1827, y en Francia reinaba Carlos X durante el periodo de la Restauración absolutista implantada tras la derrota de Napoleón en 1815, es decir, en una Francia gobernada por la aristocracia. La revolución de 1830 cambiaría este estado de cosas. La burguesía se haría con el poder en detrimento de la aristocracia y Carlos X era sustituido por Luis Felipe de Orleans, el “Rey burgués”.
Como señala David Carrión Morillo en su artículo Alexis de Tocqueville (1805-1859): Vida y obras, “su cargo de juez auditor se convirtió en juez suplente exigiéndosele un juramento de fidelidad a Luis Felipe. Tocqueville prestó el juramento, produciéndole una de las sensaciones más dolorosas de su vida y un indescriptible horror, porque repudiaba completamente la monarquía burguesa de Luis Felipe de Orleans” (p.5).
Esto le llevó a poner tierra de por medio, de modo que emprendió un viaje junto a su amigo Gustave de Beaumont a los Estados Unidos de América. Para poder llevar a cabo tal viaje obtuvieron del ministro de interior el encargo de una misión oficial para investigar in situ el sistema penitenciario norteamericano.
Señala Carrión Morillo, que para Tocqueville, tal encargo era en realidad un mero pretexto que le permitía cumplir con un deseo que guardaba en lo más profundo de su corazón: conocer una auténtica democracia, la única que existía en aquella fecha, los Estados Unidos de América. “Alexis se daba ya perfecta cuenta de que los Estados Unidos era el prototipo del porvenir para Francia. Pensaba que estudiando las instituciones, las leyes y las costumbres de aquel país comprendería mejor las transformaciones sociales y políticas que por mor de la democracia se estaban produciendo en Francia e incluso podría llegar a prever su futuro”.(p.6)

De modo que en abril de 1831, Alexis y Gustave se embarcaban rumbo a Nueva York. Tocqueville tenía 26 años y este viaje sería fundamental en su vida. Allí tomó abundantes notas sobre lo que veía y las gentes le contaban. De estas notas salieron dos de sus obras. La primera fue la que lo hizo célebre. Se trata de La democracia en América, publicada en 1835, un libro que fue todo un éxito en su momento y sigue siendo uno de los libros más leídos del politólogo francés. El otro es el que reseñamos en este trabajo publicado póstumamente como ya se ha mencionado. El viaje tan solo duró nueve meses y en marzo de 1832 regresaron a Francia requeridos por el gobierno para que realizaran el informe sobre las prisiones norteamericanas lo antes posible.


Quince días en las soledades americanas, tiene como título original “Quinze jours dans le désert”, es decir “Quince días en el desierto”. Señala el traductor de la obra Mariano López Carrillo en el prólogo del traductor de esta edición: “me he inclinado por una traducción un tanto libre del título original para que el lector sepa desde el principio lo que puede esperar del libro; pues en nuestros tiempos la palabra desierto está tan asociada a imágenes de inhóspitos lugares de lluvia y vegetación escasas, que prácticamente ha perdido su acepción original de lugar despoblado” (p. 11). Lo cierto es que, a lo largo del relato, Tocqueville utiliza frecuentemente la palabra “desierto” para referirse a zonas poco (o nada) pobladas por el ser humano y no en el sentido paisajístico pues durante el viaje describe los frondosos bosques que atraviesa, a veces refiriéndose a ellos como “selvas”.
El texto relata la expedición que realizaron Tocqueville y Beaumont entre el 19 y el 29 de julio de 1831 entre las ciudades norteamericanas de Detroit y Saginaw, es decir, una distancia de 103 millas (165 kilómetros aproximadamente). Es por tanto un libro de viajes, al estilo de los de Malaspina, Humboldt o Darwin (sin el carácter científico de éstos), en el que la mirada de Tocqueville, influenciada por el romanticismo imperante en la época, describe gentes, anécdotas y paisajes que se van cruzando en su camino a través de la mirada inteligente que le habían proporcionado sus muchas y variadas lecturas de  juventud.

Comienza el relato señalando que el objetivo de este viaje por la frontera norte de Estados Unidos es alejarse de la civilización europea:
“Una de las cosas que más atraía nuestra curiosidad al venir a América era recorrer los límites extremos de la civilización europea y, si el tiempo nos lo permitía, visitar alguna de las tribus indias que han preferido retirarse a las soledades más salvajes antes que plegarse a lo que los blancos han dado en llamar las delicias de la vida civilizada. Pero hoy en día resulta mucho más difícil encontrar el desierto de lo que uno podría esperar. Desde nuestra partida de Nueva York y mientras avanzábamos hacia el noroeste, el objetivo de nuestro viaje parecía irse alejando ante nosotros. Recorrimos lugares célebres en la historia de los indios, remontamos valles a los que han dado nombres, atravesamos ríos que todavía conservan el de sus tribus, pero en todas partes la cabaña del salvaje había sido sustituida por la casa del hombre civilizado, los bosques, talados y la soledad se había trocado en vida” (p. 13)
El primer destino de la pareja tras su salida de Nueva York es la ciudad de Buffalo, sin embargo allí no encuentran lo que buscan, ya que lo que allí ven sus ojos es el avance de la civilización y el retroceso de bosques y pantanos con la mirada acostumbrada del americano blanco.”De año en año las soledades se transforman en pueblos y los pueblos en ciudades” (P.15).
Tampoco encuentran a los indígenas tal y como los pintó Fenimore Cooper, autor de obras como El último mohicano, novela publicada en 1826, que sin duda había leído Tocqueville, en la los indios aparecen pintados con las virtudes del espíritu de la libertad, como guerreros y cazadores que viven medio desnudos entre la naturaleza salvaje. Los indígenas que encuentran en la ciudad de Buffalo  son personas que han adquirido los perores vicios de la civilización europea como el beber alcohol, una contaminación que le hace escribir: “Estos seres débiles y depravados pertenecían, sin embargo, a una de las más célebres tribus del mundo antiguo americano”.(p. 17) Se refiere a la confederación Iroquesa formada por cinco tribus que se enfrentó a la llegada de ingleses y franceses a América del Norte a principios del siglo XVIII. Según Josep Fontana en su obra Europa ante el espejo, “la sociedad norteamericana del siglo XIX practicó el esquizofrénico juego de celebrar al indio idealizado como al “noble salvaje” y de considerar a los indios reales como bárbaros que impedían el avance de la civilización hacia el oeste. Aquel indio en abstracto ni siquiera existía, ya que se trataba de pueblos muy diversos, incluso de agricultores sedentarios; pero para combatirlos como “bárbaros” había que empezar negándoles sus identidades culturales. El indio era inferior y no tenía derecho a obstaculizar “los obvios designios de la providencia”. Sobreviviría mientras quedasen rincones de territorio prescindibles donde pudiera refugiarse del “avance de la civilización”, pero su destino, a la larga, era la extinción” (p.111). Eso es lo que le ocurre a Tocqueville, que busca el indio idealizado que no existe. Y la última frase de Fontana ya aparece en el propio libro de Tocqueville que, cuando llega a Buffalo y pregunta por los indios, le responden, “los indios se han ido más allá de los Grandes Lagos, no sé exactamente adónde. Es una raza que se extingue, no están preparados para el mundo moderno, la civilización los mata” (p. 14)

Alexis de Tocqueville también reflexiona sobre cómo tratan los blancos americanos a los indios después de que se encontrara a uno borracho, tirado en medio de la calle, medio moribundo. Habla de la insensibilidad y del egoísmo de esta sociedad respecto a los indígenas americanos. Señala que “los habitantes de Estados Unidos no persiguen a los indios a sangre y fuego como los españoles en México, pero aquí, como en cualquier otra parte, el mismo sentimiento despiadado anima a la raza europea” (p.19). Es evidente que Tocqueville se deja llevar por la famosa Leyenda Negra española respecto al trato  recibido por los indios en la conquista de la América hispana.  María José Villaverde matiza esta afirmación en su libro La sombra de la leyenda negra. En un artículo publicado en diario  El País el pasado 20 de mayo, escribe: “Los datos aportados por testigos y cronistas dan fe de los hechos inhumanos de los primeros 50 años de la conquista. Eso no se puede negar. Pero nunca hubo voluntad de exterminar a los indios porque eran la mano de obra de los encomenderos y porque la Corona les protegió con su legislación, aunque esta no siempre se cumplió. Y, si bien los conquistadores fueron violentos y crueles, no lo fueron más que los alemanes en Venezuela (bajo el gobierno de la casa Welser), los británicos en Estados Unidos (extinción de la mayoría de los pieles rojas), los holandeses o los franceses cuando tuvieron oportunidad de serlo. No podemos juzgarlos desde nuestros valores actuales, sino desde la perspectiva de unos cristianos imbuidos de fuertes convicciones religiosas y de un sentimiento de superioridad, que contemplaban horrorizados cómo unos “bárbaros” hacían sacrificios humanos y practicaban la antropofagia”. Según Fontana, “en las colonias inglesas del norte fue la enfermedad la que comenzó la tarea de despoblar la tierra de indígenas. Pero los colonos prosiguieron después con entusiasmo la caza del “salvaje”(p.110)

Continúa el periplo de nuestra pareja desde Buffalo hasta Detroit, cuando se embarcan en el el vapor Ohio para atravesar las aguas del lago Erie. Mientras, reflexiona sobre los enormes contrastes que hay en Estados Unidos y que en Europa no existen. Uno de los que más le llama la atención es encontrar la naturaleza virgen al lado de la civilización más desarrollada . Otra de las diferencias que observa respecto al viejo mundo es que en cualquier parte de Estados Unidos, ya sea en el campo, en las grandes ciudades o en la frontera, la civilización ha igualado a los hombres, “el mismo hombre que dejasteis en las calles de Nueva York lo reencontraréis en medio de las soledades más impenetrables; la misma indumentaria, la misma mentalidad, la misma lengua , las mismas costumbres, los mismos gustos […] Aquí los habitantes de los lugares más aislados llegaron ayer. Han traído las costumbres, las ideas, los hábitos y las necesidades de la civilización […] Uno pasa sin transición del desierto a la calle de una ciudad, de las escenas más salvajes a las imágenes más amables de la vida civilizada” (p21-22). Señala Tocqueville que el avance de los americanos hacia el oeste es una cadena que pasas de padres a hijos, siempre en constante movimiento con el objetivo de domesticar la naturaleza salvaje: “la cabaña de madera no es para el americano más que un refugio momentáneo, una concesión temporal por mor de las circunstancias. Ciando los campos circundantes estén a pleno rendimiento y el nuevo propietario tenga el tiempo para dedicarse a cosas más agradables, una casa más espaciosa y más adecuada a sus hábitos remplazará a la log house y servirá de hogar a los numerosos hijos que a su vez un día partirán para crear su morada en el desierto”. Fernand Braudel, en su famosa obra Las civilizaciones actuales, nos ofrece una explicación económica a este hecho, afirmando que ha sido el capitalismo el que ha organizado este avance hacia el oeste. “Imagínese al colono que acaba de recibir su lote, su homestead de 160 acres (64 Ha.), que construye su casa de madera prefabricada, ajustando las diferentes piezas que, en un primer momento, labra el suelo ligero de las colinas y, después, va trabajando progresivamente sobe los suelos más bajos, pero también más pesados hasta llegar a los valles, donde se ve obligado a desbrozar y, ocasionalmente también a talar los árboles. Bien es verdad que este campesino tiene poco de tal. En muchos casos, hasta este momento había practicado un oficio muy diferente. Lo único que verdaderamente tiene que saber es conducir un carro tirado por caballos; el cultivo, generalmente el de trigo, se puede llevar a cabo si una preparación compleja, puesto que no se abonan las tierras… En el caso de que este granjero haya sido el primero en llegar, es indudable que n tiene más que una idea fija: volver a vender su lote de tierras. Ha residido en ellas durante varios años, apenas si ha tenido que hacer algunos desembolsos, puesto que todo le ha sido anticipado en su rincón perdido. Se ha alimentado gracias a las latas de conservas […] Cuando dos o tres buenas cosechas le han permitido reunir un pequeño capital , no vacila ya en lo que tiene que hacer: pone en venta el lote que había comprado, aprovechando la plusvalía que supone la llegada, en el intervalo, de nuevos inmigrantes, y se traslada más hacia el Oeste para volver a empezar. En efecto, si volviera hacia el Este, sería como si se reconociera vencido”. Por lo tanto no se trata de un campesino arraigado a la tierra, sino de un especulador.




Continúa Tocqueville describiendo su viaje a través del lago comentando las obras del canal de Pittsburgh que unirá los ríos Mississippi y Norte a través de los que “las riquezas de Europa circularán libremente a través de las quinientas leguas que separan el golfo de México del océano Atlántico” (p.23). En el año 1831 la industrialización es un hecho, sobre todo en Gran Bretaña. El textil y el hierro salen de sus fábricas para inundar los mercados del mundo. El librecambismo es la política predominante y para ello, para que las mercancías lleguen a cualquier lugar, se necesitan infraestructuras. El comercio se realiza por entonces a través de ríos y canales, pues el nuevo medio de transporte que acaba de inaugurarse en Gran Bretaña (la primera línea ferroviaria que unió las ciudades de Liverpool y Manchester data de 1830), todavía no ha llegado a los Estados Unidos. No obstante no tardará en hacerlo, lo que supondrá una  fuerte aceleración en el proceso de conquista del Oeste norteamericano. Eric Hobsbawm en La era de la revolución, 1789-1848, escribe: “En los Estado Unidos faltaban simplemente colonos y transportes para abrir territorios y alumbrar sus recursos, al parecer interminables. El simple proceso de expansión interna fue suficiente para dar a su economía un crecimiento casi ilimitado, aunque los colonos americanos, los gobiernos, los misioneros y los mercaderes ya se habían expandido hacia el Pacífico o impulsaban su comercio —respaldado por la dinámica segunda flota mercante del mundo— a través de los océanos, desde Zanzíbar hasta Hawai. Ya el Pacífico y el Caribe habían sido elegidos como zona de influencia económica norteamericana. Todas las instituciones de la nueva república estimulaban la decisión, el talento y la iniciativa privada. Una vasta población nueva, instalada en las ciudades del litoral y en los recién ocupados estados del interior, exigía a su vez personal apto para el trabajo, ajuar de casa, herramientas y máquinas, constituyendo un mercado de homogeneidad ideal.[…] Ninguna economía progresó más rápidamente que la norteamericana en el periodo 1830-1848, aunque su insólito crecimiento se produciría a partir de 1860” (p.184).

El mismo 19 de julio por la tarde Tocqueville y Beaumont llegan a Detroit, “una ciudad de unos dos o tres mil habitantes, fundada en 1710 por los jesuítas en medio de los bosques” (p.25). Por fin han llegado a los límites de la civilización. Ahora quieren traspasar ese límite, quieren adentrarse en el bosque virgen, en las soledades de los desiertos, de modo que como dos románticos aventureros se dirigen hacia Saginaw con dos caballos alquilados en un viaje que durará diez días. “Después de comprar una brújula y municiones, nos pusimos en camino con el fusil en bandolera, despreocupados y alegres como sos escolares que abandonan el colegio para ir a pasar las vacaciones a la casa paterna” (p.25.) Es durante este viaje a caballo cuando  Tocqueville se entusiasma con lo que se va encontrando. Por fin la naturaleza salvaje, las tribus indias apenas contaminadas por la civilización, los colonos pioneros que se encuentra en el camino  tratan de abrir camino. Describe una cabaña de estos colonos, una log house, “al lado de un mapa de Estados Unidos, se alinean algunos libros desparejos: una Biblia, a la que la devoción de dos generaciones ha desgastado ya las tapas y los cantos, un libro de oraciones y, a veces, un canto de Milton o una Tragedia de Shakespeare. Habla de ellos, de los colonos como hombres que “por alcanzar la prosperidad, han afrontado el exilio, ha dormido a la intemperie y se ha expuesto a la fiebre del bosque y a los tomahawk de los indios […] Concentrado en hacer fortuna ha terminado por construirse una existencia totalmente individual” (p.32) La adquisición de riquezas es lo único que los mueve. Habla de las mujeres que los acompañan, de sus hijos, de su resignación religiosa. Los pastores metodistas recorren los nuevos asentamientos y los colonos de los alrededores se dirigen a la cita pues ese se convierte en el acontecimiento del día. Escribe Tocqueville “Es digno e ver con qué ardor se dedican estos hombres a la oración, con qué recogimiento escuchan la solemne palabra del predicador. En el desierto uno se toma hambriento de religiosidad” (p.40). En estos lugares de frontera avanzada, señala Braudel en el citado libro, “el protestantismo fue el único que se enfrentó con esta situación humana difícil, repentinamente planteada, con este desparramamiento de hombres a través del espacio […] Basaron la religión en un “teologismo individual”, en la “soberanía del individuo” y, por último en los actos y no en las creencias. El lenguaje de Cristo se redujo, entonces, a una comunión directa y simple” (p.410)

Tras una parada en Pontiac, Tocqueville y Beaumont continúan por tierras salvajes en dirección a Saginaw. En un momento dado un indio comienza a seguirles a través de la zona boscosa jalonada de colinas. Por fin un indio al que describe con precisión, con un fuego salvaje en su mirada, con la nariz arqueada y “dos hileras de dientes blanquísimos que atestiguaban con claridad que el salvaje, más limpio que su vecino americano, no se pasaba el día mascando tabaco” (p.47) Ellos iban armados y el indio iba con buenas intenciones, como curioseando por la llegada de dos extraños personajes en medio de la selva, de manera que pronto se perdió en la espesura. Cerca de allí encontraron a un solitario hombre blanco, una especia de eremita que, igual que el personaje de Jeremías Johnson de la película de Sydney Pollack, les dijo cuando le preguntaron si no temía a los indios:
“— ¡Temer a los indios! Prefiero vivir cerca de ellos que en compañía de los blancos. No, no temo a los indios. Son mejores que nosotros, a no ser que los hayamos pervertido con nuestros licores, ¡los pobres!” (P.50)
Continuaron su camino y se encontraron con una familia india en medio del bosque y otro colono cuya casa era vigilada por un enorme oso. Allí pidieron ayuda pues el camino hasta Saginaw se convertía en un sendero, de modo que el colono buscó a dos guías indios que se ofrecieron a acompañarlos. Tocqueville se percata de la avaricia y la deshonestidad del colono a quien le pagan en metálico y él les paga a los indios con mercancías de poco valor. Durante este último trayecto nuestro autor describe el paisaje y sobre todo las costumbres de los indios a quienes compara con los lobos ya que “el indio no sabe lo que es comer a horas regladas, se harta cuando puede y después ayuna hasta que de nuevo en cuantía con que saciar el hambre” (p.65).
Veinticuatro horas después llegan a Saginaw, un pequeño pueblo, una avanzada del hombre blanco en el que vive junto a indios y mestizos. En el pueblo describe a estos los tres tipos siendo estos últimos, los mestizos, una mezcla de los anteriores que, “orgulloso de su origen europeo, desprecian el desierto y sin embargo ama la libertad salvaje que reina en él” (p.79).
Han llegado al final de su viaje y dejándose llevar por la quietud y el sosiego de aquel lugar alejado de la civilización, escribe:
"¡Quién pudiera pintar alguna vez con fidelidad esos escasos momentos de la vida en los que el bienestar físico nos induce a la tranquilidad moral y en los que se establece ante nuestros ojos un equilibrio perfecto en el universo; mientras el alma, medio adormecida, oscila entre el presente y el futuro, entre lo real y lo posible; cuando el hombre rodeado de una hermosa naturaleza, respirando un aire tranquilo y tibio, en paz consigo mismo, en medio de una paz universal, atiende a los acompasados latidos de sus arterias, cada una de cuyas pulsaciones va marcando el paso del tiempo que parece escurrirse así gota a gota en la eternidad!” (P.84).
Este romanticismo con el que Tocqueville describe los bosque americanos nos recuerda a los lienzos del pintor alemán Caspar David Friedrich en las que el ser humano se ve sobrepasado por la inmensidad de la naturaleza. Pero este romanticismo pronto se rompe por la llegada de la civilización: “De nuestra ensoñación nos sacó un disparo que resonó de repente en el bosque” (p.89)

                                  C. D. Friedrich. Dos hombres contemplando la luna. 1819

Esta es la constante del relato de Tocqueville , el contraste entre naturaleza salvaje y avance imparable de la civilización. Y ahí tiene el corazón dividido ya que por un lado es un amante de esos últimos reductos de vida salvaje y por otro, es un arquetipo puro de la civilización a la que representa.
Días después regresaron a Detroit, y de nuevo en el camino,  el oso, los mosquitos y las soledades. Y conforme se acercaban a la ciudad recordaron, en medio de la profunda soledad del bosque, que se cumplía un año de la Revolución de 1830. Regresaban al mundo civilizado.

Esta edición de Quince días en las soledades americanas incluye, a modo de epílogo, las “Notas del viaje por el oeste” desde el 6 de julio hasta el 12 de agosto, notas que tomó Tocqueville en el viaje y en las que se basó para escribir esta obra. Señala el traductor en el prólogo que estas notas no eran objeto de publicación, sino el registro del las distintas experiencias del viaje (entrevistas conservaciones visitas a prisiones, descripciones de paisajes, reflexiones políticas, etc.), con vistas a que sirvieran, una vez de regreso de base para la redacción de proyectos como La democracia en América o El sistema penitenciario de Estados Unidos y su aplicación en Francia (informe finalmente redactado por Beaumont). Con estas notas nos hacemos una idea de la forma de trabajo de Tocqueville. Por ejemplo, el día 1 de agosto escribe:
"Embarcamos a las dos. Río Detroit. Tierras bajas y cultivadas. Numerosas casas. Lago Saint Clair. Al atardecer hay baile en el puente. Alegría americana"



Traducción de Mariano López Carrillo


Nota:
Kévin Bazot plasmó en novela gráfica la aventura de Toqcqueville en América.


jueves, 13 de julio de 2017

Dora Bruder, de Patrick Modiano





Como ocurre con otros libros de Patrick Modiano, Dora Bruder es un libro corto pero muy intenso, tanto, que tras su lectura, su nombre y su rostro permanecen varios días en mi cabeza. 

Dora Bruder es el nombre de una adolescente que se cruzó por casualidad en el camino de Patrick Modiano. A finales de los ochenta, leyó un anuncio de un viejo ejemplar del diario Paris-Soir con fecha de 31 de diciembre de 1941. Era un anuncio puesto por los padres de Dora Bruder tras su desaparición.
"Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris-marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París".

Modiano inicia una investigación, se pone el traje de historiador, pero por no serlo, lo que nos relata es precisamente la búsqueda de Dora Bruder. No es, por tanto, un libro de historia. Un trabajo historiográfico habría reconstruido en la medida de lo posible la vida de esta joven que tenía quince años cuando las tropas alemanas invadieron Francia en mayo de 1940. Seguramente habría hecho más hincapié en las circunstancias históricas que atraparon la vida de Dora Bruder y puede que hubiera manejado muchas más fuentes que las que utiliza Modiano, que no son pocas. No es un libro de Historia pero podría serlo. Tampoco es una novela puesto que la ficción está ausente de este libro. Y sin embargo, hay literatura en él. Hay memoria en él. No es una novela histórica ni una historia novelada. 
¿Qué es entonces Dora Bruder?. Un libro espléndido en el que los  resultados de la investigación histórica se van mezclando con los recuerdos y las opiniones del propio narrador. 
¿Qué le llevó a emprender esa búsqueda? Un detalle del anuncio. Los padres de Dora vivían en una calle de París que Modiano conocía bien porque había vivido allí durante muchos años: el boulevard Ornano. 
"A partir de las nueve de la noche el bulevar se quedaba desierto. Todavía veo la luz de la boca de metro de Simplon, y casi enfrente, la de la entrada del cine, ubicado en Ornano, 43. El número 41, que precedía al cine, nunca me había llamado la atención y, sin embargo, estuve pasando por delante durante meses y años. De 1965 a 1968".

La investigación sobre Dora Bruder llevó ocho años al premio Nobel, tiempo durante el cual escribió otras novelas. 
 "Lleva tiempo conseguir que salga a la luz lo que ha sido borrado. Quedan pistas en ls registros pero se ignora dónde están escondidos y qué guardianes los vigilan y si querrán enseñárnoslo. O tal vez simplemente han olvidado que esos registros existen.
Basta un poco de paciencia".

Modiano camina por las calles  del barrio donde vivió, busca y encuentra su partida de nacimiento Tardó cuatro años. Se pregunta a qué se dedicaban sus padres, a qué escuela iba Dora. Comienza su lucha contra el olvido. Una lucha que no es fácil.
"Son seres que dejan pocas huellas tras de sí. Personas casi anónimas. Nunca se alejan de ciertas calles de París, de ciertos paisajes de suburbio donde descubrí, por casualidad, que habían vivido.Lo que se sabe de ellas se resume en una simple dirección. Y esta precisión topográfica contrasta con todo lo que se ignorará para siempre de su vida… ese vacío, ese bloque de desconocimiento y silencio".

La búsqueda comienza a dar sus frutos. Y se abren nuevos caminos que el narrador explora. 
La dura vida de sus padres, Ernest y Cecile,  judíos austro-húngaros (él de Viena, ella de Budapest) que huyen de la miseria tras la desintegración del imperio al finalizar la Primera Guerra Mundial. Ernest llega a París y se enrola en la Legión extranjera. Necesita ser aceptado en su nuevo país de acogida. Lucha en Marruecos durante cuatro años hasta que es herido y regresa a la capital francesa. Allí conoce a Cecile y se casan. Poco después el 25 de febrero de 1926 nace Dora. Ambos tienen trabajo. La vida les sonríe por primera vez. Pero llegan los años 30 y negros nubarrones se ciernen sobre Europa. 

Poco antes de que Hitler ocupe Francia, Dora es internada en el Sagrado Corazón de María de París. La quieren proteger. Pero Dora escapa del internado. Sus padres la buscan. Modiano sigue indagando, tenaz, como un detective curtido. ¿Qué pasó con Dora Bruder? Se sumerge en los archivos. Y la encuentra. Su nombre aparece en una lista de deportados a Auschwitz. ¿Cómo llegó hasta ahí?¿Qué pasó hasta entonces? ¿Cómo es posible que una niña que estaba internada en un colegio católico de París terminara en Auschwitz?

Patrick Modiano, un genio de las palabras, intenta responder a estas preguntas. La terrible maquinaria nazi. La colaboración de mucha gente, de muchos franceses. ¿Quiénes colaboraron para que Dora Bruder y otras muchas como ella terminaran en Auschwitz? Tienen nombres y apellidos. 

Cuando termino de leer Dora Bruder no puedo dejar de pensar en ella. En la lucha contra el olvido de Modiano. En la gran pregunta. ¿Cómo fue posible semejante barbarie? 
No es el primer libro que leo sobre la Shoah. Sobre la catástrofe. Sobre la barbarie. Primo Levi, Jorge Semprún, Ana Frank, Imre Kertesz, Elie Wiesel... Algunos dicen que ya está todo contado. Yo no lo creo. Hay mucho todavía por contar. Mucho. Para no olvidar. Dora Bruder es una gran obra de Patrick Modiano. Su lectura deja un poso enorme. 



En junio de 2015 el ayuntamiento de París puso su nombre en uno de sus paseos. 



Traducción del francés por María del Pino.