jueves, 10 de agosto de 2017

Un gran chico, de Nick Hornby



Durante el mes de agosto mi pereza ancestral se manifiesta en todo su esplendor. Es su mes.  Yo apenas puedo hacer nada para contenerla. Ni siquiera la frase de Ana Frank —“la pereza seduce, el trabajo satisface”— que tan presente tengo el resto del año, logra sacarme de la inoperancia más absoluta. Puedo leer, porque es una actividad que se lleva bien con La Pereza. Pero ésta siempre quiere lecturas llanas, de poca dificultad, de nivel 1. Puede que el calor tenga algo que ver. O que a mi alrededor haya poco trasiego. O que Neo (mi perro) se pase todo el santo día tumbado a la bartola. O que la ciudad se quede fantasma en estos días. O que comprar el pan se convierta en una odisea que me lleva a recorrer el barrio en busca de una panadería que no haya “cerrado por vacaciones”. Lo cierto es que la levedad se apropia de todo en el mes de agosto. También de la lectura. Y ya La Pereza se hace cargo.

El otro día comencé a leer un libro de Rodrigo Fresán titulado La parte inventada, y a la sexta línea me llevé un pescozón. Sentí el golpe y me quedé aturdido. Y asustado, sobre todo porque estaba solo en casa. No hizo falta girarme para ver de quien había sido esa mano invisible. Mensaje recibido. Fui hasta la estantería y saqué el libro que La Pereza había comprado unos días antes. Se titulaba Un gran chico. Su autor Nick Hornby. Es el cuarto libro que leo del autor. Me divertí con Alta fidelidad y con Juliet, desnuda. No tanto con Cómo ser buenos.

La Pereza ha disfrutado de la lectura de Un gran chico. Incluso la he sorprendido con alguna que otra risa. A mí no me ha hecho tanta gracia. Me ha gustado el personaje de Marcus, un adolescente inteligente que se sale de la uniformidad que comparten sus compañeros de instituto, por lo que se convierte en blanco fácil. A La Pereza, no me extraña, le ha gustado el personaje de Will, un treintañero soltero, sin oficio ni beneficio, que no hace nada porque vive de los derechos de autor de una canción navideña que compuso su padre. Will sigue la norma. El azar cruza sus caminos. Pronto descubrirán que se necesitan mutuamente.
Yo pondría Un gran chico en el segundo grupo de las novelas de Nick Honrby. La Pereza en el primero. Pero no quiero discutir porque en agosto lleva las de ganar. Agosto es su mes. Ya llegará septiembre, me digo.

La Pereza me aparta del teclado de un empujón.
—Ya sigo yo—me dice.





 Traducción de Miguel Martínez-Lage

martes, 25 de julio de 2017

La noche, de Elie Wiesel




La semana pasada encontré en la Librería de Sefarad de Girona un libro que andaba buscando desde hacía tiempo. Se trata de La Noche de Elie Wiesel, novela autobiográfica publicada en 1958, en la que narra su terrible experiencia en los campos de Birkenau, Auschwitz, Buna y Buchenwald durante la Segunda Guerra Mundial. Elie Wiesel fue deportado junto a a sus padres y a su hermana en la primavera de 1944. El 11 de abril de 1945 fue liberado el campo de Buchenwald. Fue el único superviviente de su familia. Tenía 15 años. A ellos dedica este libro.

Su lectura, rápida e intensa (141 páginas), me ha traído a la memoria la visita que hice junto a unos amigos al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, al sur de Polonia, hace ahora diez años. Íbamos por la carretera en dirección a Cracovia desde la frontera checa, cuando vi un cartel sobre un muro de ladrillo en el que se podía leer: Auschwitz. No paramos el coche. Me costaba pensar que ese lugar existiera en la realidad a pesar de los libros y películas que había visto y leído. Conforme pasaban los minutos iba siendo consciente de que existía. Auschwitz estaba en mitad de un frondoso bosque atravesado por un pequeño río. Habíamos pasado por ahí. Me parecía imposible que en aquel tranquilo lugar del centro de Europa se hubiera producido el acto de barbarie más terrible de la Historia. Aquel paraje parecía todo lo contrario al infierno.

La visita la realizamos al día siguiente desde Cracovia. Regresamos a pesar de las reticencias de algunos de mis compañeros de viaje, que consideraban que aquello se había convertido en una especie de parque temático al servicio de los intereses del Estado de Israel. Por entonces, igual que hoy, Israel hostigaba duramente a los palestinos de la franja de Gaza. Seguramente tenían razón. La Historia, desvirtuada y simplificada, es utilizada muy a menudo por dirigentes políticos para justificar sus decisiones. Pero yo no pensaba en los dirigentes israelíes, sino en las muchas personas de carne y hueso, con nombres y apellidos, con un familia, con amigos, que pasaron por ahí,  vidas que el terror nazi segó por completo en este lugar en nombre de una Alemania grande y pura. Nacionalismo fanático llevado a sus últimas consecuencias en Auschwitz-Birkenau. Una fábrica de matar, un matadero industrial de personas.

Hacía una mañana calurosa cuando llegamos Oswiezim (Auschwitz en alemán), la pequeña ciudad polaca que tuvo la  desgracia de ser elegida por los alemanes para el exterminio de un millón y medio de personas, judíos en su mayoría. A las afueras estaba Birkenau (Auschwitz II). La imagen de la entrada al campo la había visto tantas veces que me pareció que era el decorado de una película. Como de cartón piedra. Hasta que me acerqué a las vías. Ahí estaban esas vías de hierro que entraban hasta el campo por un arco rebajado coronado por una torre de vigilancia. Caminé por ellas y me acordé de Elie Wiesel y de Primo Levi y de La lista de Schindler y de no se qué más porque estaba impactado. Muy impresionado. Había turistas alrededor, creo que no muchos, al menos no me fijé en ellos. Una vez dentro continué caminando por esas vías muertas. Miré alrededor. Un gigantesco, inmenso descampado rodeado por una alambrada. A la derecha, a lo lejos, unos cuantos barracones de madera en los que eran metidos los presos. Al frente, también lejos, algunas chimeneas en ruinas. Los crematorios. Y un inmenso cielo azul en el que flotaban algunas nubes blancas. Eso era todo. Nada más. Se me encogió el corazón. Así fui todo el tiempo que duró la visita, con el corazón en un puño. Después visitamos el otro campo, Auschwitz. Estaba cerca. Recuerdo la cínica bienvenida para los presos: Arbeit macht frei. Los diferentes bloques de ladrillo. Fotografías de presos. Sus rostros, los trajes a rayas, sus zapatos, sus maletas. También estaban las fotografías aéreas de los campos que habían tomado los aviones aliados. Sabían de su existencia. ¿Podrían haber hecho algo por ellos, por las víctimas? Me lo pregunté entonces. Me lo sigo preguntando.


Leyendo la novela vienen a mi mente imágenes de películas que he visto varias veces y que todo el mundo conoce. Seguro que los directores leyeron La noche antes de rodarlas.
Las imágenes: la creación del gueto judío en Sighet, pueblo de Transilvania (entonces húngaro, hoy rumano)  del que era originario Wiesel, la deportación en los vagones sellados, los gritos desgarradores de una mujer, la llegada a los campos, el trabajo forzoso moviendo grandes bloques de piedra, la selección de los más débiles para su exterminio, la crueldad de los miembros de la Gestapo y las SS, los crematorios, (extrañamente no cita las cámaras de gas, aunque sí las duchas por las que pasó el protagonista cada vez que cambió de campo. Este hecho, la ausencia de las cámaras de gas, ha hecho dudar a algunos de la veracidad del relato), los experimentos del despiadado Doctor Mengele, los barracones, la sopa y el mendrugo de pan, el frío, la desesperación, la muerte.
Y por último, la liberación con la llegada del tanque norteamericano al campo de Buchenwald. ¿Recuerdas la película? “Nunca me ha alegrado tanto de ver a un soldado americano”, me dijo un amigo después de verla.

Me ha llamado la atención la candidez, el optimismo, la esperanza de los judíos que eran metidos en guetos y después conducidos hasta los vagones.

“Poco a poco, la vida volvió a ser normal. Las alambradas que, con una muralla, nos cercaban, no nos inspiraban reales temores. Hasta nos sentíamos bastante bien: estábamos todos juntos. Una pequeña república judía… Se creó un consejo judío, una policía judía, una oficina de ayuda social, un comité de trabajo, un apartamento de higiene, todo un aparato de gobierno.
Todos estaban maravillados. Ya no íbamos a tener ente nuestros ojos miradas hostiles, miradas cargadas de odio. No más temas, no más angustias. Vivíamos entre judíos, entre hermanos…” (p.25)

 “—Me parece que todo este asunto de la deportación es sólo una gran farsa. Sí, no se ría, por favor. Los nazis quieren simplemente apoderarse de nuestras joyas. Pero saben que todo está enterrado y habrá que realizar registros; es más fácil cuando los propietarios están de vacaciones…” (p.35)

El vagón sellado y los campos acabarían con esa esperanza.

Escribe Wiesel sobre su traslado desde el campo de Birkenau hasta el de Auschwitz:
“La marcha hacía durado una media hora. Mirando a mi alrededor, observé que las alambradas estaban detrás de nosotros. Habíamos salido del campo.
Ers un hermoso día de abril. Flotaban en el aire perfumes primaverales.. El sol descendía hacia el oeste.
Pero apenas caminamos unos instantes, percibimos las alambradas del otro campo. Una puerta de hierro y sobre ella esta inscripción: ¡El trabajo es la libertad!
Auschwitz.
Primera impresión: era mejor que Birkenau. Construcciones de hormigón, de dos pisos, en lugar de barracas de madera. Jardincillos aquí y allá. Nos condujeron hacia unos de esos blocs” (p. 58)

En la novela, Wiesel, no describe los campos con detalle. Se centra en el miedo, la angustia, el hambre, la incredulidad, la crueldad, los conflictos entre los propios presos. A veces, incluso pinta situaciones en las que se puede respirar. Por encima de todo, es el relato de la supervivencia junto a su padre a lo largo de aquellos doce interminables meses.
Y de la desaparición de su fe.

“Jamás olvidaré esa noche, esa primera noche en el campo que hizo de mi vida una sola larga noche bajo siete vueltas de llave.
Jamás olvidaré esa humareda.
Jamás olvidaré las caritas de los chicos que vi convertirse en volutas bajo un mudo azur.
Jamás olvidaré esas llamas que consumieron para siempre mi Fe.
Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir.
Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma, y a mis sueños que adquirieron el rostro del desierto.
Jamás olvidaré, aunque me condenaran a vivir tanto como Dios. Jamás.” (P.51)


Traducción de Fina Warschaver












Fotografías tomadas en Auschwitz-Birkenau en julio de 2007

sábado, 22 de julio de 2017

Quince días en las soledades americanas, de Alexis de Tocqueville




 Para Andrea


Quince días en las soledades americanas apareció publicado por primera vez en 1860, meses después de la muerte de su autor. Su amigo y compañero de viaje, Gustave de Beaumont se encargó de dicha tarea, pues era un texto que el propio Tocqueville había dejado ya listo para la imprenta.
Es una obra de 125 páginas en la que se narra una parte de la experiencia vital del autor en el viaje que realizó a los Estados Unidos de América junto a Beaumont en abril de 1830 con motivo del estudio del sistema penitenciario de la joven democracia norteamericana. En realidad hubo otros condicionantes que le llevaron a emprender dicho viaje.

Alexis de Tocqueville, de familia aristocrática, que había cursado la carrera de Derecho en París, contaba veintidós años cuando tomó posesión como juez auditor del Tribunal de Versalles. Corría el mes de junio de 1827, y en Francia reinaba Carlos X durante el periodo de la Restauración absolutista implantada tras la derrota de Napoleón en 1815, es decir, en una Francia gobernada por la aristocracia. La revolución de 1830 cambiaría este estado de cosas. La burguesía se haría con el poder en detrimento de la aristocracia y Carlos X era sustituido por Luis Felipe de Orleans, el “Rey burgués”.
Como señala David Carrión Morillo en su artículo Alexis de Tocqueville (1805-1859): Vida y obras, “su cargo de juez auditor se convirtió en juez suplente exigiéndosele un juramento de fidelidad a Luis Felipe. Tocqueville prestó el juramento, produciéndole una de las sensaciones más dolorosas de su vida y un indescriptible horror, porque repudiaba completamente la monarquía burguesa de Luis Felipe de Orleans” (p.5).
Esto le llevó a poner tierra de por medio, de modo que emprendió un viaje junto a su amigo Gustave de Beaumont a los Estados Unidos de América. Para poder llevar a cabo tal viaje obtuvieron del ministro de interior el encargo de una misión oficial para investigar in situ el sistema penitenciario norteamericano.
Señala Carrión Morillo, que para Tocqueville, tal encargo era en realidad un mero pretexto que le permitía cumplir con un deseo que guardaba en lo más profundo de su corazón: conocer una auténtica democracia, la única que existía en aquella fecha, los Estados Unidos de América. “Alexis se daba ya perfecta cuenta de que los Estados Unidos era el prototipo del porvenir para Francia. Pensaba que estudiando las instituciones, las leyes y las costumbres de aquel país comprendería mejor las transformaciones sociales y políticas que por mor de la democracia se estaban produciendo en Francia e incluso podría llegar a prever su futuro”.(p.6)

De modo que en abril de 1831, Alexis y Gustave se embarcaban rumbo a Nueva York. Tocqueville tenía 26 años y este viaje sería fundamental en su vida. Allí tomó abundantes notas sobre lo que veía y las gentes le contaban. De estas notas salieron dos de sus obras. La primera fue la que lo hizo célebre. Se trata de La democracia en América, publicada en 1835, un libro que fue todo un éxito en su momento y sigue siendo uno de los libros más leídos del politólogo francés. El otro es el que reseñamos en este trabajo publicado póstumamente como ya se ha mencionado. El viaje tan solo duró nueve meses y en marzo de 1832 regresaron a Francia requeridos por el gobierno para que realizaran el informe sobre las prisiones norteamericanas lo antes posible.


Quince días en las soledades americanas, tiene como título original “Quinze jours dans le désert”, es decir “Quince días en el desierto”. Señala el traductor de la obra Mariano López Carrillo en el prólogo del traductor de esta edición: “me he inclinado por una traducción un tanto libre del título original para que el lector sepa desde el principio lo que puede esperar del libro; pues en nuestros tiempos la palabra desierto está tan asociada a imágenes de inhóspitos lugares de lluvia y vegetación escasas, que prácticamente ha perdido su acepción original de lugar despoblado” (p. 11). Lo cierto es que, a lo largo del relato, Tocqueville utiliza frecuentemente la palabra “desierto” para referirse a zonas poco (o nada) pobladas por el ser humano y no en el sentido paisajístico pues durante el viaje describe los frondosos bosques que atraviesa, a veces refiriéndose a ellos como “selvas”.
El texto relata la expedición que realizaron Tocqueville y Beaumont entre el 19 y el 29 de julio de 1831 entre las ciudades norteamericanas de Detroit y Saginaw, es decir, una distancia de 103 millas (165 kilómetros aproximadamente). Es por tanto un libro de viajes, al estilo de los de Malaspina, Humboldt o Darwin (sin el carácter científico de éstos), en el que la mirada de Tocqueville, influenciada por el romanticismo imperante en la época, describe gentes, anécdotas y paisajes que se van cruzando en su camino a través de la mirada inteligente que le habían proporcionado sus muchas y variadas lecturas de  juventud.

Comienza el relato señalando que el objetivo de este viaje por la frontera norte de Estados Unidos es alejarse de la civilización europea:
“Una de las cosas que más atraía nuestra curiosidad al venir a América era recorrer los límites extremos de la civilización europea y, si el tiempo nos lo permitía, visitar alguna de las tribus indias que han preferido retirarse a las soledades más salvajes antes que plegarse a lo que los blancos han dado en llamar las delicias de la vida civilizada. Pero hoy en día resulta mucho más difícil encontrar el desierto de lo que uno podría esperar. Desde nuestra partida de Nueva York y mientras avanzábamos hacia el noroeste, el objetivo de nuestro viaje parecía irse alejando ante nosotros. Recorrimos lugares célebres en la historia de los indios, remontamos valles a los que han dado nombres, atravesamos ríos que todavía conservan el de sus tribus, pero en todas partes la cabaña del salvaje había sido sustituida por la casa del hombre civilizado, los bosques, talados y la soledad se había trocado en vida” (p. 13)
El primer destino de la pareja tras su salida de Nueva York es la ciudad de Buffalo, sin embargo allí no encuentran lo que buscan, ya que lo que allí ven sus ojos es el avance de la civilización y el retroceso de bosques y pantanos con la mirada acostumbrada del americano blanco.”De año en año las soledades se transforman en pueblos y los pueblos en ciudades” (P.15).
Tampoco encuentran a los indígenas tal y como los pintó Fenimore Cooper, autor de obras como El último mohicano, novela publicada en 1826, que sin duda había leído Tocqueville, en la los indios aparecen pintados con las virtudes del espíritu de la libertad, como guerreros y cazadores que viven medio desnudos entre la naturaleza salvaje. Los indígenas que encuentran en la ciudad de Buffalo  son personas que han adquirido los perores vicios de la civilización europea como el beber alcohol, una contaminación que le hace escribir: “Estos seres débiles y depravados pertenecían, sin embargo, a una de las más célebres tribus del mundo antiguo americano”.(p. 17) Se refiere a la confederación Iroquesa formada por cinco tribus que se enfrentó a la llegada de ingleses y franceses a América del Norte a principios del siglo XVIII. Según Josep Fontana en su obra Europa ante el espejo, “la sociedad norteamericana del siglo XIX practicó el esquizofrénico juego de celebrar al indio idealizado como al “noble salvaje” y de considerar a los indios reales como bárbaros que impedían el avance de la civilización hacia el oeste. Aquel indio en abstracto ni siquiera existía, ya que se trataba de pueblos muy diversos, incluso de agricultores sedentarios; pero para combatirlos como “bárbaros” había que empezar negándoles sus identidades culturales. El indio era inferior y no tenía derecho a obstaculizar “los obvios designios de la providencia”. Sobreviviría mientras quedasen rincones de territorio prescindibles donde pudiera refugiarse del “avance de la civilización”, pero su destino, a la larga, era la extinción” (p.111). Eso es lo que le ocurre a Tocqueville, que busca el indio idealizado que no existe. Y la última frase de Fontana ya aparece en el propio libro de Tocqueville que, cuando llega a Buffalo y pregunta por los indios, le responden, “los indios se han ido más allá de los Grandes Lagos, no sé exactamente adónde. Es una raza que se extingue, no están preparados para el mundo moderno, la civilización los mata” (p. 14)

Alexis de Tocqueville también reflexiona sobre cómo tratan los blancos americanos a los indios después de que se encontrara a uno borracho, tirado en medio de la calle, medio moribundo. Habla de la insensibilidad y del egoísmo de esta sociedad respecto a los indígenas americanos. Señala que “los habitantes de Estados Unidos no persiguen a los indios a sangre y fuego como los españoles en México, pero aquí, como en cualquier otra parte, el mismo sentimiento despiadado anima a la raza europea” (p.19). Es evidente que Tocqueville se deja llevar por la famosa Leyenda Negra española respecto al trato  recibido por los indios en la conquista de la América hispana.  María José Villaverde matiza esta afirmación en su libro La sombra de la leyenda negra. En un artículo publicado en diario  El País el pasado 20 de mayo, escribe: “Los datos aportados por testigos y cronistas dan fe de los hechos inhumanos de los primeros 50 años de la conquista. Eso no se puede negar. Pero nunca hubo voluntad de exterminar a los indios porque eran la mano de obra de los encomenderos y porque la Corona les protegió con su legislación, aunque esta no siempre se cumplió. Y, si bien los conquistadores fueron violentos y crueles, no lo fueron más que los alemanes en Venezuela (bajo el gobierno de la casa Welser), los británicos en Estados Unidos (extinción de la mayoría de los pieles rojas), los holandeses o los franceses cuando tuvieron oportunidad de serlo. No podemos juzgarlos desde nuestros valores actuales, sino desde la perspectiva de unos cristianos imbuidos de fuertes convicciones religiosas y de un sentimiento de superioridad, que contemplaban horrorizados cómo unos “bárbaros” hacían sacrificios humanos y practicaban la antropofagia”. Según Fontana, “en las colonias inglesas del norte fue la enfermedad la que comenzó la tarea de despoblar la tierra de indígenas. Pero los colonos prosiguieron después con entusiasmo la caza del “salvaje”(p.110)

Continúa el periplo de nuestra pareja desde Buffalo hasta Detroit, cuando se embarcan en el el vapor Ohio para atravesar las aguas del lago Erie. Mientras, reflexiona sobre los enormes contrastes que hay en Estados Unidos y que en Europa no existen. Uno de los que más le llama la atención es encontrar la naturaleza virgen al lado de la civilización más desarrollada . Otra de las diferencias que observa respecto al viejo mundo es que en cualquier parte de Estados Unidos, ya sea en el campo, en las grandes ciudades o en la frontera, la civilización ha igualado a los hombres, “el mismo hombre que dejasteis en las calles de Nueva York lo reencontraréis en medio de las soledades más impenetrables; la misma indumentaria, la misma mentalidad, la misma lengua , las mismas costumbres, los mismos gustos […] Aquí los habitantes de los lugares más aislados llegaron ayer. Han traído las costumbres, las ideas, los hábitos y las necesidades de la civilización […] Uno pasa sin transición del desierto a la calle de una ciudad, de las escenas más salvajes a las imágenes más amables de la vida civilizada” (p21-22). Señala Tocqueville que el avance de los americanos hacia el oeste es una cadena que pasas de padres a hijos, siempre en constante movimiento con el objetivo de domesticar la naturaleza salvaje: “la cabaña de madera no es para el americano más que un refugio momentáneo, una concesión temporal por mor de las circunstancias. Ciando los campos circundantes estén a pleno rendimiento y el nuevo propietario tenga el tiempo para dedicarse a cosas más agradables, una casa más espaciosa y más adecuada a sus hábitos remplazará a la log house y servirá de hogar a los numerosos hijos que a su vez un día partirán para crear su morada en el desierto”. Fernand Braudel, en su famosa obra Las civilizaciones actuales, nos ofrece una explicación económica a este hecho, afirmando que ha sido el capitalismo el que ha organizado este avance hacia el oeste. “Imagínese al colono que acaba de recibir su lote, su homestead de 160 acres (64 Ha.), que construye su casa de madera prefabricada, ajustando las diferentes piezas que, en un primer momento, labra el suelo ligero de las colinas y, después, va trabajando progresivamente sobe los suelos más bajos, pero también más pesados hasta llegar a los valles, donde se ve obligado a desbrozar y, ocasionalmente también a talar los árboles. Bien es verdad que este campesino tiene poco de tal. En muchos casos, hasta este momento había practicado un oficio muy diferente. Lo único que verdaderamente tiene que saber es conducir un carro tirado por caballos; el cultivo, generalmente el de trigo, se puede llevar a cabo si una preparación compleja, puesto que no se abonan las tierras… En el caso de que este granjero haya sido el primero en llegar, es indudable que n tiene más que una idea fija: volver a vender su lote de tierras. Ha residido en ellas durante varios años, apenas si ha tenido que hacer algunos desembolsos, puesto que todo le ha sido anticipado en su rincón perdido. Se ha alimentado gracias a las latas de conservas […] Cuando dos o tres buenas cosechas le han permitido reunir un pequeño capital , no vacila ya en lo que tiene que hacer: pone en venta el lote que había comprado, aprovechando la plusvalía que supone la llegada, en el intervalo, de nuevos inmigrantes, y se traslada más hacia el Oeste para volver a empezar. En efecto, si volviera hacia el Este, sería como si se reconociera vencido”. Por lo tanto no se trata de un campesino arraigado a la tierra, sino de un especulador.




Continúa Tocqueville describiendo su viaje a través del lago comentando las obras del canal de Pittsburgh que unirá los ríos Mississippi y Norte a través de los que “las riquezas de Europa circularán libremente a través de las quinientas leguas que separan el golfo de México del océano Atlántico” (p.23). En el año 1831 la industrialización es un hecho, sobre todo en Gran Bretaña. El textil y el hierro salen de sus fábricas para inundar los mercados del mundo. El librecambismo es la política predominante y para ello, para que las mercancías lleguen a cualquier lugar, se necesitan infraestructuras. El comercio se realiza por entonces a través de ríos y canales, pues el nuevo medio de transporte que acaba de inaugurarse en Gran Bretaña (la primera línea ferroviaria que unió las ciudades de Liverpool y Manchester data de 1830), todavía no ha llegado a los Estados Unidos. No obstante no tardará en hacerlo, lo que supondrá una  fuerte aceleración en el proceso de conquista del Oeste norteamericano. Eric Hobsbawm en La era de la revolución, 1789-1848, escribe: “En los Estado Unidos faltaban simplemente colonos y transportes para abrir territorios y alumbrar sus recursos, al parecer interminables. El simple proceso de expansión interna fue suficiente para dar a su economía un crecimiento casi ilimitado, aunque los colonos americanos, los gobiernos, los misioneros y los mercaderes ya se habían expandido hacia el Pacífico o impulsaban su comercio —respaldado por la dinámica segunda flota mercante del mundo— a través de los océanos, desde Zanzíbar hasta Hawai. Ya el Pacífico y el Caribe habían sido elegidos como zona de influencia económica norteamericana. Todas las instituciones de la nueva república estimulaban la decisión, el talento y la iniciativa privada. Una vasta población nueva, instalada en las ciudades del litoral y en los recién ocupados estados del interior, exigía a su vez personal apto para el trabajo, ajuar de casa, herramientas y máquinas, constituyendo un mercado de homogeneidad ideal.[…] Ninguna economía progresó más rápidamente que la norteamericana en el periodo 1830-1848, aunque su insólito crecimiento se produciría a partir de 1860” (p.184).

El mismo 19 de julio por la tarde Tocqueville y Beaumont llegan a Detroit, “una ciudad de unos dos o tres mil habitantes, fundada en 1710 por los jesuítas en medio de los bosques” (p.25). Por fin han llegado a los límites de la civilización. Ahora quieren traspasar ese límite, quieren adentrarse en el bosque virgen, en las soledades de los desiertos, de modo que como dos románticos aventureros se dirigen hacia Saginaw con dos caballos alquilados en un viaje que durará diez días. “Después de comprar una brújula y municiones, nos pusimos en camino con el fusil en bandolera, despreocupados y alegres como sos escolares que abandonan el colegio para ir a pasar las vacaciones a la casa paterna” (p.25.) Es durante este viaje a caballo cuando  Tocqueville se entusiasma con lo que se va encontrando. Por fin la naturaleza salvaje, las tribus indias apenas contaminadas por la civilización, los colonos pioneros que se encuentra en el camino  tratan de abrir camino. Describe una cabaña de estos colonos, una log house, “al lado de un mapa de Estados Unidos, se alinean algunos libros desparejos: una Biblia, a la que la devoción de dos generaciones ha desgastado ya las tapas y los cantos, un libro de oraciones y, a veces, un canto de Milton o una Tragedia de Shakespeare. Habla de ellos, de los colonos como hombres que “por alcanzar la prosperidad, han afrontado el exilio, ha dormido a la intemperie y se ha expuesto a la fiebre del bosque y a los tomahawk de los indios […] Concentrado en hacer fortuna ha terminado por construirse una existencia totalmente individual” (p.32) La adquisición de riquezas es lo único que los mueve. Habla de las mujeres que los acompañan, de sus hijos, de su resignación religiosa. Los pastores metodistas recorren los nuevos asentamientos y los colonos de los alrededores se dirigen a la cita pues ese se convierte en el acontecimiento del día. Escribe Tocqueville “Es digno e ver con qué ardor se dedican estos hombres a la oración, con qué recogimiento escuchan la solemne palabra del predicador. En el desierto uno se toma hambriento de religiosidad” (p.40). En estos lugares de frontera avanzada, señala Braudel en el citado libro, “el protestantismo fue el único que se enfrentó con esta situación humana difícil, repentinamente planteada, con este desparramamiento de hombres a través del espacio […] Basaron la religión en un “teologismo individual”, en la “soberanía del individuo” y, por último en los actos y no en las creencias. El lenguaje de Cristo se redujo, entonces, a una comunión directa y simple” (p.410)

Tras una parada en Pontiac, Tocqueville y Beaumont continúan por tierras salvajes en dirección a Saginaw. En un momento dado un indio comienza a seguirles a través de la zona boscosa jalonada de colinas. Por fin un indio al que describe con precisión, con un fuego salvaje en su mirada, con la nariz arqueada y “dos hileras de dientes blanquísimos que atestiguaban con claridad que el salvaje, más limpio que su vecino americano, no se pasaba el día mascando tabaco” (p.47) Ellos iban armados y el indio iba con buenas intenciones, como curioseando por la llegada de dos extraños personajes en medio de la selva, de manera que pronto se perdió en la espesura. Cerca de allí encontraron a un solitario hombre blanco, una especia de eremita que, igual que el personaje de Jeremías Johnson de la película de Sydney Pollack, les dijo cuando le preguntaron si no temía a los indios:
“— ¡Temer a los indios! Prefiero vivir cerca de ellos que en compañía de los blancos. No, no temo a los indios. Son mejores que nosotros, a no ser que los hayamos pervertido con nuestros licores, ¡los pobres!” (P.50)
Continuaron su camino y se encontraron con una familia india en medio del bosque y otro colono cuya casa era vigilada por un enorme oso. Allí pidieron ayuda pues el camino hasta Saginaw se convertía en un sendero, de modo que el colono buscó a dos guías indios que se ofrecieron a acompañarlos. Tocqueville se percata de la avaricia y la deshonestidad del colono a quien le pagan en metálico y él les paga a los indios con mercancías de poco valor. Durante este último trayecto nuestro autor describe el paisaje y sobre todo las costumbres de los indios a quienes compara con los lobos ya que “el indio no sabe lo que es comer a horas regladas, se harta cuando puede y después ayuna hasta que de nuevo en cuantía con que saciar el hambre” (p.65).
Veinticuatro horas después llegan a Saginaw, un pequeño pueblo, una avanzada del hombre blanco en el que vive junto a indios y mestizos. En el pueblo describe a estos los tres tipos siendo estos últimos, los mestizos, una mezcla de los anteriores que, “orgulloso de su origen europeo, desprecian el desierto y sin embargo ama la libertad salvaje que reina en él” (p.79).
Han llegado al final de su viaje y dejándose llevar por la quietud y el sosiego de aquel lugar alejado de la civilización, escribe:
"¡Quién pudiera pintar alguna vez con fidelidad esos escasos momentos de la vida en los que el bienestar físico nos induce a la tranquilidad moral y en los que se establece ante nuestros ojos un equilibrio perfecto en el universo; mientras el alma, medio adormecida, oscila entre el presente y el futuro, entre lo real y lo posible; cuando el hombre rodeado de una hermosa naturaleza, respirando un aire tranquilo y tibio, en paz consigo mismo, en medio de una paz universal, atiende a los acompasados latidos de sus arterias, cada una de cuyas pulsaciones va marcando el paso del tiempo que parece escurrirse así gota a gota en la eternidad!” (P.84).
Este romanticismo con el que Tocqueville describe los bosque americanos nos recuerda a los lienzos del pintor alemán Caspar David Friedrich en las que el ser humano se ve sobrepasado por la inmensidad de la naturaleza. Pero este romanticismo pronto se rompe por la llegada de la civilización: “De nuestra ensoñación nos sacó un disparo que resonó de repente en el bosque” (p.89)

                                  C. D. Friedrich. Dos hombres contemplando la luna. 1819

Esta es la constante del relato de Tocqueville , el contraste entre naturaleza salvaje y avance imparable de la civilización. Y ahí tiene el corazón dividido ya que por un lado es un amante de esos últimos reductos de vida salvaje y por otro, es un arquetipo puro de la civilización a la que representa.
Días después regresaron a Detroit, y de nuevo en el camino,  el oso, los mosquitos y las soledades. Y conforme se acercaban a la ciudad recordaron, en medio de la profunda soledad del bosque, que se cumplía un año de la Revolución de 1830. Regresaban al mundo civilizado.

Esta edición de Quince días en las soledades americanas incluye, a modo de epílogo, las “Notas del viaje por el oeste” desde el 6 de julio hasta el 12 de agosto, notas que tomó Tocqueville en el viaje y en las que se basó para escribir esta obra. Señala el traductor en el prólogo que estas notas no eran objeto de publicación, sino el registro del las distintas experiencias del viaje (entrevistas conservaciones visitas a prisiones, descripciones de paisajes, reflexiones políticas, etc.), con vistas a que sirvieran, una vez de regreso de base para la redacción de proyectos como La democracia en América o El sistema penitenciario de Estados Unidos y su aplicación en Francia (informe finalmente redactado por Beaumont). Con estas notas nos hacemos una idea de la forma de trabajo de Tocqueville. Por ejemplo, el día 1 de agosto escribe:
"Embarcamos a las dos. Río Detroit. Tierras bajas y cultivadas. Numerosas casas. Lago Saint Clair. Al atardecer hay baile en el puente. Alegría americana"




Kévin Bazot plasmó en novela gráfica la aventura de Toqcqueville en América.


jueves, 13 de julio de 2017

Dora Bruder, de Patrick Modiano





Como ocurre con otros libros de Patrick Modiano, Dora Bruder es un libro corto pero muy intenso, tanto, que tras su lectura, su nombre y su rostro permanecen varios días en mi cabeza. 

Dora Bruder es el nombre de una adolescente que se cruzó por casualidad en el camino de Patrick Modiano. A finales de los ochenta, leyó un anuncio de un viejo ejemplar del diario Paris-Soir con fecha de 31 de diciembre de 1941. Era un anuncio puesto por los padres de Dora Bruder tras su desaparición.
Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris-marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París.

Modiano inicia una investigación, se pone el traje de historiador, pero por no serlo, lo que nos relata es precisamente la búsqueda de Dora Bruder. No es, por tanto, un libro de historia. Un trabajo historiográfico habría reconstruido en la medida de lo posible la vida de esta joven que tenía quince años cuando las tropas alemanas invadieron Francia en mayo de 1940. Seguramente habría hecho más hincapié en las circunstancias históricas que atraparon la vida de Dora Bruder y puede que hubiera manejado muchas más fuentes que las que utiliza Modiano, que no son pocas. No es un libro de Historia pero podría serlo. Tampoco es una novela puesto que la ficción está ausente de este libro. Y sin embargo, hay literatura en él. Hay memoria en él. No es una novela histórica ni una historia novelada. 
¿Qué es entonces Dora Bruder?. Un libro espléndido en el que los  resultados de la investigación histórica se van mezclando con los recuerdos y las opiniones del propio narrador. 
¿Qué le llevó a emprender esa búsqueda? Un detalle del anuncio. Los padres de Dora vivían en una calle de París que Modiano conocía bien porque había vivido allí durante muchos años: el boulevard Ornano. 
A partir de las nueve de la noche el bulevar se quedaba desierto. Todavía veo la luz de la boca de metro de Simplon, y casi enfrente, la de la entrada del cine, ubicado en Ornano, 43. El número 41, que precedía al cine, nunca me había llamado la atención y, sin embargo, estuve pasando por delante durante meses y años. De 1965 a 1968.

La investigación sobre Dora Bruder llevó ocho años al premio Nobel, tiempo durante el cual escribió otras novelas. 
 Lleva tiempo conseguir que salga a la luz lo que ha sido borrado. Quedan pistas en ls registros pero se ignora dónde están escondidos y qué guardianes los vigilan y si querrán enseñárnoslo. O tal vez simplemente han olvidado que esos registros existen.
Basta un poco de paciencia.

Modiano camina por las calles  del barrio donde vivió, busca y encuentra su partida de nacimiento Tardó cuatro años. Se pregunta a qué se dedicaban sus padres, a qué escuela iba Dora. Comienza su lucha contra el olvido. Una lucha que no es fácil.
Son seres que dejan pocas huellas tras de sí. Personas casi anónimas. Nunca se alejan de ciertas calles de París, de ciertos paisajes de suburbio donde descubrí, por casualidad, que habían vivido.Lo que se sabe de ellas se resume en una simple dirección. Y esta precisión topográfica contrasta con todo lo que se ignorará para siempre de su vida… ese vacío, ese bloque de desconocimiento y silencio.

La búsqueda comienza a dar sus frutos. Y se abren nuevos caminos que el narrador explora. 
La dura vida de sus padres, Ernest y Cecile,  judíos austro-húngaros (él de Viena, ella de Budapest) que huyen de la miseria tras la desintegración del imperio al finalizar la Primera Guerra Mundial. Ernest llega a París y se enrola en la Legión extranjera. Necesita ser aceptado en su nuevo país de acogida. Lucha en Marruecos durante cuatro años hasta que es herido y regresa a la capital francesa. Allí conoce a Cecile y se casan. Poco después el 25 de febrero de 1926 nace Dora. Ambos tienen trabajo. La vida les sonríe por primera vez. Pero llegan los años 30 y negros nubarrones se ciernen sobre Europa. 

Poco antes de que Hitler ocupe Francia, Dora es internada en el Sagrado Corazón de María de París. La quieren proteger. Pero Dora escapa del internado. Sus padres la buscan. Modiano sigue indagando, tenaz, como un detective curtido. ¿Qué pasó con Dora Bruder? Se sumerge en los archivos. Y la encuentra. Su nombre aparece en una lista de deportados a Auschwitz. ¿Cómo llegó hasta ahí?¿Qué pasó hasta entonces? ¿Cómo es posible que una niña que estaba internada en un colegio católico de París terminara en Auschwitz?

Patrick Modiano, un genio de las palabras, intenta responder a estas preguntas. La terrible maquinaria nazi. La colaboración de mucha gente, de muchos franceses. ¿Quiénes colaboraron para que Dora Bruder y otras muchas como ella terminaran en Auschwitz? Tienen nombres y apellidos. 

Cuando termino de leer Dora Bruder no puedo dejar de pensar en ella. En la lucha contra el olvido de Modiano. En la gran pregunta. ¿Cómo fue posible semejante barbarie? 
No es el primer libro que leo sobre la Shoah. Sobre la catástrofe. Sobre la barbarie. Primo Levi, Jorge Semprún, Ana Frank, Imre Kertesz, Elie Wiesel... Algunos dicen que ya está todo contado. Yo no lo creo. Hay mucho todavía por contar. Mucho. Para no olvidar. Dora Bruder es una gran obra de Patrick Modiano. Su lectura deja un poso enorme. 



En junio de 2015 el ayuntamiento de París puso su nombre en uno de sus paseos. 



Traducción del francés por María del Pino.






jueves, 6 de julio de 2017

Ritos de muerte, de Alicia Giménez Bartlett


                                     


Holmes y Watson, Carvalho y Biscuter, Bevilacqua y Chamorro, Petra Delicado y Fermín Garzón. De estas cuatro ilustres parejas, de estos ocho personajes literarios, tan solo hay dos mujeres. Una es subalterna, Virginia Chamorro. La otra tiene mando. Se trata de Petra Delicado, el personaje creado por Alicia Giménez Bartlett hace ya veintiún años. Parece mentira que, pasado este tiempo, uno lea esta novela que narra las dificultades de una mujer para trabajar un puesto tradicionalmente de hombres y tenga la sensación de que las cosas no han cambiado tanto.

Algún tiempo después de mi segunda separación me empeñé en encontrar una casita con jardín en la ciudad. Un objetivo difícil, pero lo logré. Era algo más que un capricho, quise pensar. Demasiados años de apartamentos con muebles funcionales y gran congelador. Se me presentaba la oportunidad de vivir sola en un lugar tranquilo, lo cual debía ser considerado como otra ocasión de cambiar.

Así comienza Ritos de muerte, de Alicia Giménez Bartlett, la primera de las diez novelas de la serie protagonizada por la inspectora Petra Delicado.

Petra Delicado es un personaje que intenta conquistar su libertad. Su nombre lleva elementos de su carácter. Es fuerte como una piedra pero también delicada "como una flor". Ha estado casada dos veces. Su primer marido, Hugo es un tipo machista que no entiende que su mujer lo haya dejado a él, un abogado de prestigio que lo tiene todo, por el estúpido capricho de convertirse en inspectora de la policía. Hugo me miró con conmiseración. Allá me las compusiera. Había cambiado la solidez de un hogar verdadero por la compañía de oscuros polizontes con camisa de rayas marcadas y panzón. Había tenido el coraje de romper una pareja de brillantes abogados envidiables para venir a hozar  en un bar de mala muerte como La jarra de oro. Allá yo con mi conciencia. (p. 25) Yo me fui, en los anales del mundo civilizado la mujer nunca se va (p.45).
Su segundo matrimonio fue con un joven llamado Pepe de quien también se separó tras comprender que estaba ejerciendo de madre sin hijos.

De modo que Petra Delicado deja de ejercer de esposa y de madre para llevar una vida tranquila e independiente en una nueva casa del Poblenou barcelonés. Es una mujer culta a quien le gustan los pequeños placeres de la vida. Su trabajo en la policía es de oficina. Nada de bregar con la calle.
 —Le presento a Petra Delicado, nuestra joya intelectual. Desde que ella entró en documentación todo está perfectamente fechado y organizado. Ha hecho gestiones y ahora recibíos revistas extranjeras y libros editados por l ONU, la UNESCO, la INTERPOL y el FBI.
—Mmmm…—musitó Garzón. (p.13)


Esta presentación del comisario deja patente cual ha sido su papel como inspectora. Hasta ahora. Todos los inspectores están ocupados en otros asuntos cuando le dan su primer caso, el de la violación de una chica a la que el violador ha marcado la piel. Para llevar a cabo la investigación le asignan al subinspector Fermín Garzón, personaje en las antípodas de Petra Delicado, hombre recto de obediencia castrense, curtido en mil batallas pero que nunca ha estado bajo el mando de una mujer. El personaje no tiene desperdicio. Yo a la mujer la tengo considerada en lo más alto, literalmente la subo a un pedestal. Creo que es un ser maravilloso, lleno de espiritualidad, bello y perfecto como una flor. A Petra Delicado no le quedará más remedio que cambiar la visión que su compañero tiene de las mujeres. Al fin y al cabo es su jefa y no está dispuesta a ejercer de florero. Fermín Garzón se llevará una sorpresa mayúscula que romperá todos sus esquemas.



                                       


La novela va creciendo por estos dos caminos, el de la investigación del caso, y el del afianzamiento en la policía de la inspectora Petra Delicado al lado de Fermín Garzón. La resolución del caso supondrá un triunfo para la causa feminista pues demostrará que una mujer puede estar ahí, en ese mundo tradicionalmente patriarcal y machista.

El caso está perfectamente enmarcado en esta primera novela de la serie. Una mujer abriéndose paso en un mundo de hombres ha de resolver un caso en el que un hombre viola y marca a sus víctimas como si de cabezas de ganado de su propiedad se trataran. La inspectora y el subinspector se ponen manos a la obra pero nada es fácil. Apenas hay pistas. El caso está estancado y el violador vuelve a actuar. Por otro lado, el caso salta a los medios de comunicación donde una periodista critica el trabajo y la profesionalidad de la inspectora. Incluso llega a insinuar una mujer no debería llevar este caso  por la implicación emocional que se deriva del mismo. Mujeres poniendo trabas a mujeres.

Ritos de muerte es una novela que contiene intriga y reivindicación. Con unos personajes muy bien trazados, sobre todo la pareja formada por Petra Delicado y Fermín Garzón. Ahí está el mérito de la novela, de Giménez Bartlett, en darle la vuelta, en colocar a una mujer al frente, en romper esquemas.



                                            








jueves, 29 de junio de 2017

Cosmos, de Witold Gombrowicz



Me encuentro con Witold Gombrowicz en las primeras páginas de El Arte de la fuga de Sergio Pitol, quien nos cuenta que, en el año 1965, recibió una carta procedente del sur de Francia. La firmaba Witold Gombrowicz. ¿Se trataría acaso, de una broma? Me resultaba difícil creer que fuera auténtica. La mostré a algunos amigos polacos y se quedaron estupefactos. ¡Una carta de Gombrowicz recibida por un joven mexicano residente en Varsovia! ¡Qué exceso, qué anomalía! Yo asentía y me regocijaba. Como todo en la vida de Gombrowicz, me decía. En la carta le comunicaba que le había gustado la traducción al español de Las puertas del paraíso de Jerzy Andrzejewski y le pide colaborar en la traducción de su Diario argentino. Ahí comienza una relación profesional que llevará a Sergio Pitol a traducir otras obras del escritor polaco, entre ellas, Cosmos.

Por esas fechas, 1965, Sergio Pitol tiene 32 años y ha decidido dejar México para viajar y convertirse en escritor. Witold Gombrowicz tiene 61 años y ya es un escritor consagrado, el tercer mosquetero del vanguardismo junto a Joyce y Borges, según el filósofo francés Guilles Deleuze. Es polaco pero vive en Francia desde hace poco tiempo. Y habla perfectamente castellano, de ahí que escriba a Pitol halagando esa traducción. Las circunstancias históricas le obligaron a aprender castellano. A finales de agosto de 1939, Gombrowicz viajó a Buenos Aires junto a un grupo de escritores polacos. Días después Alemania invadió Polonia y comenzó la Segunda Guerra Mundial. Witold Gombrowicz ya no regresaría a su país. En Argentina  viviría los siguientes 23 años. Escribe en su diario: Yo fui a Argentina por pura casualidad, sólo por dos semanas, y si por un azar del destino la guerra no hubiera estallado durante esas dos semanas, habría regresado a Polonia, aunque no voy a ocultar que cuando la suerte fue echada y Argentina se cerró de golpe sobre mí, fue como si por fin me oyera a mí mismo

La primera vez que leí el nombre de Gombrowicz fue en un libro de Enrique Vila-Matas, lo que me llevó a adquirir dos de sus libros, Los hechizados y Cosmos. Ambos fueron a parar al estante correspondiente de mi biblioteca y me olvidé de ellos. Hasta que Sergio Pitol los rescató de ese olvido. Fui a comprobar que estaban ahí. Ahí estaban.  Abrí Cosmos y, efectivamente, figuraba el nombre de Sergio Pitol como traductor. Comencé a leer la novela y pronto me percaté de que no era una novela más. Pensé que me iba a costar pero me planté en a página cien, totalmente absorbido por la originalidad de la trama. Y ya no pude parar de leer.



Dos jóvenes, Witold (el autor da su nombre al protagonista de sus novelas) y Fuks (el nombre también tiene que ver con la situación y su carácter de este personaje, que no sale bien parado), se encuentran en un camino cuando  tratan de desconectar de su cotidianidad pasando una temporada en el bosque. Viajan al sur de Polonia, a los montes Tatras, cerca de Zakopane. De repente se encuentran un gorrión  ahorcado, lo que se convertirá en el leitmotiv de la novela.

Algo absurdo. Un pájaro ahorcado. Un gorrión ahorcado. Era algo que proclamaba a gritos su excentricidad y señalaba acusadoramente una mano humana que había penetrado en la maleza…¿la mano de quien?¿Quién había sido el ahorcado?¿y para qué?¿Cuál podía ser la causa?, pensaba yo confusamente en medio de aquella vegetación que se excedía en miles de combinaciones”(p.11)

Poco después encuentran una casa de huéspedes en la que se alojan. Ahí conviven con la familia que se verá implicada en la trama. León, Bolita, Lena, Lucwick y Katasia.  De pronto comienzan a aparecer una serie de señales insignificantes y absurdas que, ambos, Witold y Fuks, convertidos en detectives, se empeñan en relacionar con el gorrión ahorcado. Una línea recta en el techo, un palito colgado, las bocas de Lena y Katasia, las manos de los comensales sobre la mesa... El lector espera que los detectives aficionados den un sentido a estos elementos intrascendentes y anómalos. Pero ocurre todo lo contrario. En vez de encontrar esa lógica a medida que avanza la narración, van apareciendo series análogas de elementos a las que tan solo el lector puede dotarlas de sentido: el gorrión ahorcado, el palito ahorcado, el gato ahorcado, las bocas, las manos, los golpes, las formas clavadas en el cuarto, los dedos en la boca… Como señala Alan Castro Riveros en un artículo, la novela adquiere su legibilidad por la proliferación serial de éstos disparatados “crímenes”, que, si bien señalan el misterio original, no lo hacen para explicarlo, sino para restaurar su poder hechizante.

Witold, el protagonista, es quien nos narra la historia, con un punto de vista muy subjetivo ( El concentrar tanto la atención me volvía distraído… Y a esto también me entregaba, pues me permitía estar ahí y en otro lado al mismo tiempo, me hacía sentir libre…” p.61), tanto, que el lector entra de lleno en su paranoia mental, en la constante asociación de elementos que, a priori, no tienen relación alguna. Intenta dar un sentido al caos, crear la realidad a partir de elementos fragmentados.

Me había animado cuando el águila, o el halcón, había planeado por encima de lo imaginable… y era por eso que (pensaba) al ser un pájaro se relacionaba con el gorrión… pero fundamentalmente, sobre todo, porque reunía en sí la idea del gorrión con el colgamiento y permitía unir en la idea del colgamiento al gato colgado con el gorrión colgado, sí, no cabía la menor duda (lo veía cada vez más nítidamente) imprimía a la idea del colgamiento el carácter dominante, un pájaro suspendido por encima de todo, imperial… y si hubiese logrado (pensaba) descifrar la idea, penetrar en el núcleo principal, comprender, o por lo menos imaginar, a qué conducía todo aquello, al menos en el sector del gorrión, del palito y del gato, entonces me sería mucho más fácil resolver el asunto de las bocas y todo lo que graba en torno a ellas. No cabía duda (trataba de resolver la charada y sabía que se trataba de una charada bastante dolorosa) que el secreto de la relación entre las bocas era yo mismo, esa relación ser realizaba en mi solo yo, y nadie más, la había creado… (p.141)


En el trasfondo de la novela hay una sexualidad reprimida, un erotismo perverso, que se manifiesta en determinados símbolos, como si de un cuadro de Salvador Dalí se tratara. La tetera, el palito, los alfileres clavados, el lenguaje críptico de León y su secreto (Berg), la vara, las bocas, las manos, los ahorcados. Todo conduce a ese final cuasi epifánico en que la novela adquiere (cierto) sentido.

Cosmos es una novela muy interesante porque nos muestra que todo tiene un sentido si somos capaces de relacionar elementos aparentemente aislados y desconectados, es decir, que realidad se construye con nuestro pensamiento.

En las novelas policiacas el crimen queda resuelto y todo vuelve a la normalidad. El orden se impone y el bien triunfa sobre el mal. En Cosmos, la normalidad también regresa bruscamente (termina con esta frase: Hoy en el almuerzo comimos pollo relleno) pero la intriga queda en el aire, de ahí que cuando la novela llega a su fin, parece que no ha terminado, y en mi cabeza se dibujan dos preguntas ¿Por qué? ¿Quién?. Intento darles respuesta.

Así es Witold Gombrowicz. Una anomalía en el mundo de la literatura.