jueves, 29 de junio de 2017

Cosmos, de Witold Gombrowicz



Me encuentro con Witold Gombrowicz en las primeras páginas de El Arte de la fuga de Sergio Pitol, quien nos cuenta que, en el año 1965, recibió una carta procedente del sur de Francia. La firmaba Witold Gombrowicz. ¿Se trataría acaso, de una broma? Me resultaba difícil creer que fuera auténtica. La mostré a algunos amigos polacos y se quedaron estupefactos. ¡Una carta de Gombrowicz recibida por un joven mexicano residente en Varsovia! ¡Qué exceso, qué anomalía! Yo asentía y me regocijaba. Como todo en la vida de Gombrowicz, me decía. En la carta le comunicaba que le había gustado la traducción al español de Las puertas del paraíso de Jerzy Andrzejewski y le pide colaborar en la traducción de su Diario argentino. Ahí comienza una relación profesional que llevará a Sergio Pitol a traducir otras obras del escritor polaco, entre ellas, Cosmos.

Por esas fechas, 1965, Sergio Pitol tiene 32 años y ha decidido dejar México para viajar y convertirse en escritor. Witold Gombrowicz tiene 61 años y ya es un escritor consagrado, el tercer mosquetero del vanguardismo junto a Joyce y Borges, según el filósofo francés Guilles Deleuze. Es polaco pero vive en Francia desde hace poco tiempo. Y habla perfectamente castellano, de ahí que escriba a Pitol halagando esa traducción. Las circunstancias históricas le obligaron a aprender castellano. A finales de agosto de 1939, Gombrowicz viajó a Buenos Aires junto a un grupo de escritores polacos. Días después Alemania invadió Polonia y comenzó la Segunda Guerra Mundial. Witold Gombrowicz ya no regresaría a su país. En Argentina  viviría los siguientes 23 años. Escribe en su diario: Yo fui a Argentina por pura casualidad, sólo por dos semanas, y si por un azar del destino la guerra no hubiera estallado durante esas dos semanas, habría regresado a Polonia, aunque no voy a ocultar que cuando la suerte fue echada y Argentina se cerró de golpe sobre mí, fue como si por fin me oyera a mí mismo

La primera vez que leí el nombre de Gombrowicz fue en un libro de Enrique Vila-Matas, lo que me llevó a adquirir dos de sus libros, Los hechizados y Cosmos. Ambos fueron a parar al estante correspondiente de mi biblioteca y me olvidé de ellos. Hasta que Sergio Pitol los rescató de ese olvido. Fui a comprobar que estaban ahí. Ahí estaban.  Abrí Cosmos y, efectivamente, figuraba el nombre de Sergio Pitol como traductor. Comencé a leer la novela y pronto me percaté de que no era una novela más. Pensé que me iba a costar pero me planté en a página cien, totalmente absorbido por la originalidad de la trama. Y ya no pude parar de leer.



Dos jóvenes, Witold (el autor da su nombre al protagonista de sus novelas) y Fuks (el nombre también tiene que ver con la situación y su carácter de este personaje, que no sale bien parado), se encuentran en un camino cuando  tratan de desconectar de su cotidianidad pasando una temporada en el bosque. Viajan al sur de Polonia, a los montes Tatras, cerca de Zakopane. De repente se encuentran un gorrión  ahorcado, lo que se convertirá en el leitmotiv de la novela.

Algo absurdo. Un pájaro ahorcado. Un gorrión ahorcado. Era algo que proclamaba a gritos su excentricidad y señalaba acusadoramente una mano humana que había penetrado en la maleza…¿la mano de quien?¿Quién había sido el ahorcado?¿y para qué?¿Cuál podía ser la causa?, pensaba yo confusamente en medio de aquella vegetación que se excedía en miles de combinaciones”(p.11)

Poco después encuentran una casa de huéspedes en la que se alojan. Ahí conviven con la familia que se verá implicada en la trama. León, Bolita, Lena, Lucwick y Katasia.  De pronto comienzan a aparecer una serie de señales insignificantes y absurdas que, ambos, Witold y Fuks, convertidos en detectives, se empeñan en relacionar con el gorrión ahorcado. Una línea recta en el techo, un palito colgado, las bocas de Lena y Katasia, las manos de los comensales sobre la mesa... El lector espera que los detectives aficionados den un sentido a estos elementos intrascendentes y anómalos. Pero ocurre todo lo contrario. En vez de encontrar esa lógica a medida que avanza la narración, van apareciendo series análogas de elementos a las que tan solo el lector puede dotarlas de sentido: el gorrión ahorcado, el palito ahorcado, el gato ahorcado, las bocas, las manos, los golpes, las formas clavadas en el cuarto, los dedos en la boca… Como señala Alan Castro Riveros en un artículo, la novela adquiere su legibilidad por la proliferación serial de éstos disparatados “crímenes”, que, si bien señalan el misterio original, no lo hacen para explicarlo, sino para restaurar su poder hechizante.

Witold, el protagonista, es quien nos narra la historia, con un punto de vista muy subjetivo ( El concentrar tanto la atención me volvía distraído… Y a esto también me entregaba, pues me permitía estar ahí y en otro lado al mismo tiempo, me hacía sentir libre…” p.61), tanto, que el lector entra de lleno en su paranoia mental, en la constante asociación de elementos que, a priori, no tienen relación alguna. Intenta dar un sentido al caos, crear la realidad a partir de elementos fragmentados.

Me había animado cuando el águila, o el halcón, había planeado por encima de lo imaginable… y era por eso que (pensaba) al ser un pájaro se relacionaba con el gorrión… pero fundamentalmente, sobre todo, porque reunía en sí la idea del gorrión con el colgamiento y permitía unir en la idea del colgamiento al gato colgado con el gorrión colgado, sí, no cabía la menor duda (lo veía cada vez más nítidamente) imprimía a la idea del colgamiento el carácter dominante, un pájaro suspendido por encima de todo, imperial… y si hubiese logrado (pensaba) descifrar la idea, penetrar en el núcleo principal, comprender, o por lo menos imaginar, a qué conducía todo aquello, al menos en el sector del gorrión, del palito y del gato, entonces me sería mucho más fácil resolver el asunto de las bocas y todo lo que graba en torno a ellas. No cabía duda (trataba de resolver la charada y sabía que se trataba de una charada bastante dolorosa) que el secreto de la relación entre las bocas era yo mismo, esa relación ser realizaba en mi solo yo, y nadie más, la había creado… (p.141)


En el trasfondo de la novela hay una sexualidad reprimida, un erotismo perverso, que se manifiesta en determinados símbolos, como si de un cuadro de Salvador Dalí se tratara. La tetera, el palito, los alfileres clavados, el lenguaje críptico de León y su secreto (Berg), la vara, las bocas, las manos, los ahorcados. Todo conduce a ese final cuasi epifánico en que la novela adquiere (cierto) sentido.

Cosmos es una novela muy interesante porque nos muestra que todo tiene un sentido si somos capaces de relacionar elementos aparentemente aislados y desconectados, es decir, que realidad se construye con nuestro pensamiento.

En las novelas policiacas el crimen queda resuelto y todo vuelve a la normalidad. El orden se impone y el bien triunfa sobre el mal. En Cosmos, la normalidad también regresa bruscamente (termina con esta frase: Hoy en el almuerzo comimos pollo relleno) pero la intriga queda en el aire, de ahí que cuando la novela llega a su fin, parece que no ha terminado, y en mi cabeza se dibujan dos preguntas ¿Por qué? ¿Quién?. Intento darles respuesta.

Así es Witold Gombrowicz. Una anomalía en el mundo de la literatura.



jueves, 22 de junio de 2017

Violín y otras cuestiones, de Juan Gelman



Año 1956. Buenos Aires. Violín y otras cuestiones es el primer libro que publica Juan Gelman. Tiene 26 años.

"Viendo a la gente andar, ponerse el traje,
el sombrero, la piel y la sonrisa,
comer sobre los platos dulcemente,
afanarse, correr, sufrir, dolerse,
todo por un poquito de paz y de alegría,
viendo a la gente, digo, no hay derecho
a castigarle el hueso y la esperanza,
a ensuciarle los cantos, a oscurecerle el día,
                                                                  viendo, sí,
cómo la gente llora en los rincones
más oscuros del alma y sin embargo
sabe reír y sabe andar derecho,
viendo a la gente, bueno, viéndola
tener hijos y esperar y siempre
creer que van a mejorar las cosas
y viéndola pelear por sus riñones,
                                                       digo gente,
qué hermoso andar contigo
a descubrir la fuente de lo nuevo,
a arrancar la felicidad,
a traer el futuro sobre el lomo, hablar
familiarmente con el tiempo y saber
que acabaremos y de una vez por ser dichosos,
qué hermoso, digo, gente, qué misterio
vivir tan castigado
                         y cantar y reír
                                           ¡qué asunto tan raro!”



Astor Piazzolla. Adios Nonino


Después llegó todo lo demás: la lucha, el exilio, el dolor. 
Las palabras lo mantuvieron con vida. La búsqueda, el reconocimiento, el reencuentro.
Murió hace tres años. Y en Violín y otras cuestiones, su primer libro, ya tenía escrito su epitafio:

“Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre
mi corazón era un violín.
Quise o  no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera, las manos juntas, lo feliz.
¡Digo que el hombre debe serlo!
(Aquí yace un pájaro.
                               Una flor.
                                               Un violín)”




Nota.
A Buenos Aires se debe viajar con la maleta vacía.








lunes, 19 de junio de 2017

Campos de Níjar, de Juan Goytisolo



Hace unos días nos llegó la triste la noticia de la muerte de uno de los grandes escritores de este país: Juan Goytisolo. Tenía 86 años. Recuerdo que decía que él no quería lectores sino re-lectores, de modo que, como homenaje póstumo, me pongo a ello con un libro de viajes titulado Campos de Níjar.  
Es un libro realista que impacta por la estampa que describe, la de una zona de Almería  olvidada de la mano de dios y de los hombres, en la que sus habitantes viven en un lamentable estado de miseria y abandono. 

La pluma de Goytisolo se afina para narrar el viaje que realizó a la zona de Campos de Níjar en los los años cincuenta. Hay palabras y expresiones en el relato que nos remiten a otra época, a otro mundo. Los cestos de cañaduz e higos chumbos, las mujeres que escobazaban, el suelo lleno de cantizales, el mar cabrilleando, las voces de los jayanes, el despertar en la alborada, el guadapero, el mercar pan y aceite, el ocre de los jorfes, los borceguíes de piel de becerro o el hombre que ensopa un mendrugo en un plato de vino.

Por aquellas fechas, Juan Goytisolo vivía en París, donde se instaló en 1956 para trabajar como asesor literario de la editorial Gallimard. Pero el Sur llamaba a su puerta.
El viaje por los Campos de Níjar duró tres días, durante los cuales tomó las notas que darían lugar a este libro que comienza así:
Recuerdo muy bien la profunda impresión de violencia y pobreza que me produjo Almería, viniendo por la Nacional 340, la primera vez que la visité, hace ya algunos años.
Durante esas tres jornadas, Goytisolo recorre la comarca de los Campos de Níjar en autobús, en camión, en coche o caminando. Su ruta le lleva a El Alquián, a Rodalquilar, con su mina de oro, hoy cerrada, a Níjar y su famosas y humildes alfarerías, a Cabo de Gata, a San José, a Los Escullos (el autor lo escribe con y griega), a La Isleta y sus casitas de pescadores, a Los Nietos, a Fernán Pérez, a Las Hortichuelas, a Las Negras y a Carboneras, el pueblo más pobre de España, donde sólo hay lagartos y piedras (p.41)

El viajero describe los paisajes que atraviesa:
Los cortijos comienzan a esparcirse. A las huertas embarradas suceden los alijares y las ramblas arenosas y desérticas. La vegetación se reduce a su expresión más mínima: chumberas, pitas, algún que otro olivo retorcido y enano. A la derecha, la llanura se extiende hasta los médanos del golfo, difuminada por la calina. Los atajos rastrean el pedregal y se pierde entre las zarzas y matorrales, chamuscados y espinosos. Las nubes coronan las sierras del Cabo de Gata. En el horizonte, el mar es sólo una franja de plomo derretido […] Junto al henequén y a nopal, el viajero encuentra otra planta adaptada, como ellos, a la falta de agua: el guayule. Pequeño, de un verde descolorido, se alinea hasta desaparecer, entre las lomas y amelgas del arado, prisionero de un ondulado mar de arcilla (p.19). El camión atraviesa un arroyo de piedras, subimos la cuesta y arriba, el paisaje es casi lunar. Alberos, páramos y canchales se suceden hasta perderse de vista casi en el horizonte. (P.35)


También conversa con los lugareños, que le hablan de la dureza de una vida marcada por la pobreza, la escasez de agua, las malas de comunicaciones y la falta de trabajo, y de sus deseos de salir de allí en busca de una vida mejor. Todos se muestran amables con el viajero, algunos extrañados de que alguien se interese por aquella tierra pobre y olvidada.  Tienen el rostro noble aquellos hombres. Una dignidad que se transparenta bajo la barba de dos días y los vestidos miserables y desgarrados (p. 34)

Hay personajes que nos conmueven, como el viejo que malvive de vender higos chumbos en Níjar. El viajero, que se había fijado en él cuando paseaba por las callejas del pueblo, se lo encuentra en el camino que va hacia Cabo de Gata. Conversan mientras caminan bajo un sol de justicia. El anciano le cuenta que vive con su esposa, que tienen dos hijos que se marcharon a realizar el servicio militar y ya no volvieron, y que tuvo otro que murió en la guerra civil tras alistarse como voluntario para defender la República. Esto último se sobreentiende:
—Desde pequeño pensaba en los demás. No en su madre, su padre o sus hermanos, sino en todos los pobres como nosotros. Aquí la gente nace, vive y muere sin reflexionar. Él no. Él tenía una idea de la vida. Su madre y yo lo sabíamos y lo queríamos más que a los otros, ¿comprende? (p.63).

El contrapunto a este anciano es don Ambrosio, rico propietario del bando vencedor. La guerra sigue presente a través de los carteles propagandísticos de la dictadura. En los muros de las casuchas en ruinas, se repiten las inscripciones en pintura y alquitrán que me acompañan desde Almería: FRANCO FRANCO FRANCO (p.22).  Don Ambrosio viaja en coche con conductor cuando se ofrece para llevar al viajero a visitar los Escullos y la Isleta. Durante el trayecto no hace más que hablar de las posibilidades turísticas de la zona.
—Si hubiese una buena carretera, los turistas vendrían como moscas. Este litoral es mejor que el de Málaga y la vida mucho más fácil que allí. Por tres mil pesetas se puede usted comprar una casita de pescadores. La gente emigra y vende por nada (p.92).
Don Ambrosio es propietario de casi todo el pueblo que visitan tras los Escullos. Aunque no lo mencione, por su descripción se trata de La Isleta del Moro (La Isleta en la actualidad). Saluda a todos sus habitantes. Parece preocuparse paternalmente por ellos pero cuando un hombre le pide ayuda no tiene compasión alguna.
—Yo, cada vez que veo a un descontento, le llamo aparte y le digo: Fulano, tu sitio no es este. En el pueblo se está bien, a condición de no aspirar a mucho, y, si a ti te tienta el ruido y el modo de bregar de las capitales, lo mejor que puedes hacer es ir a Valencia o Cataluña, porque aquí serás un inadaptado toda tu vida (p.104)

Goytisolo enfrenta en estos dos personajes a las dos Españas que lucharon en la guerra. Sin embargo, es evidente que toma partido por el primero. Lo hace sutilmente, para escapar de la censura, describiendo a cada uno de los personajes desde fuera, sin opinar. Son las propias palabras y acciones de los protagonistas las que los retratan. Y el lector se conmueve con el primero y se indigna con el segundo.

El viajero finalmente se vendrá abajo tras contemplar impotente tanta miseria e injusticia. Una injusticia histórica sobre la que reflexiona:
Almería conoció un breve periodo de esplendor durante los albores de la dominación musulmana. Cuando Almería era Almería —dice un proverbio que los viejos repiten melancólicamente—, Granada era su alquería. Desde su conquista por los Reyes Católicos la región ha sufrido una ininterrumpida y patética decadencia […] Almería fue descuidada por reyes, ministros, reformadores, escritores. Una leyenda de incomprensión y olvido debía tenerla alejada de todos los movimientos reformadores que en España se produjeron. En el siglo XVIII era ya la cenicienta de nuestras provincias y, cuando lo escritores del noventa y ocho se echaron a andar por los caminos y tierras de la península no juzgarán empresa digna de su talento el empeño de defender su causa (p.110).  

Juan Goytisolo se encarga de saldar esta cuenta pendiente. Escribe:
—Por eso me gusta Almería. Porque no tiene Giralda ni Alhambra. Porque no intenta cubrirse con ropajes no adornos. Porque es una tierra desnuda, verdadera… (p.125)


Es temprano. Salgo a pasear por las calles de Las Negras. El Levante agita las palmeras del paseo marítimo. Los turistas salen de sus casas y se acercan a la playa para perder su mirada en este mar alborotado. Tomo asiento en una de las muchas terrazas todavía vacías. Abro el libro de Goytisolo y leo: Las Negras se asienta en el centro de la bahía y su aspecto asolado y ruinoso me recuerda el de los Escuyos o San José. En la única calle trazada hay un hay un bar y un estanco, los cerdos gruñen en el interior de las cochiqueras y el mar alborota y da tumbos sobra la playa (p.115)

En una conversación que tiene el autor con dos lugareños en el pueblo, éstos comentan:
—En agosto, esto se anima—dice el brigada, deslizando una mano sobre los lamparones de la guerrera—. Este año va a celebrarse por aquí el concurso nacional de pesca submarina y vendrá personal hasta del extranjero.
—La costa es magnífica—explica el hombrecillo—. Lo que falta es un poco de empuje, un poco de propaganda. Aquí la gente vive muy bien. Si hicieran la carretera de una vez vería usté cómo se ponía esto de franceses (p116).

No se equivocaba el hombrecillo. La carretera fue construida y los turistas, franceses, ingleses y españoles, descubrieron uno de los parajes más bellos de la geografía peninsular.
Alejado de la costa, un inmenso mar de plástico cubre las áridas tierras almerienses. La riqueza, en forma de agua e infraestructuras, ha llegado a ese rincón de España. Leer este libro de Goytisolo es viajar a un pasado apenas reconocible por el paisaje, el del Parque Natural del Cabo de Gata, que por suerte, sigue resistiéndose a la salvaje especulación inmobiliaria que tantos lugares del litoral ha liquidado. Está por ver hasta cuándo.






miércoles, 14 de junio de 2017

El palacio de la luna, de Paul Auster



El primer libro que leí de Paul Auster fue La noche del oráculo. Me dejé hipnotizar por el título y esa portada en la que aparecía la imagen de un puente iluminado por una enorme luna llena. Lo que encontré dentro de sus páginas me gustó tanto como la portada y el título. Había descubierto a un gran escritor, de modo que empecé a adquirir y a leer los libros de Paul Auster, y aparecieron títulos tan fascinantes como Ciudad de Cristal, El país de las últimas cosas, La música del azar, El libro de las ilusiones, La invención de la soledad o El Palacio de la luna. Paul Auster se convirtió en uno de mis escritores favoritos.
Este último libro, El palacio de la luna, es uno de los que más veces he leído y regalado. El último ejemplar que compré fue el que abrió la colección de clásicos de la Editorial Anagrama. Jorge Herralde lo colocó como reclamo y no creo que se equivocara.
Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero. De no haber sido por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad una forma de predisposición, un medio de salvarme por medio de la mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quien era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de mi vida.
Así comienza esta novela, en la que los años sesenta, con la guerra de Vietnam, el movimiento hippie o la carrera espacial con la llegada del hombre a la luna, Nueva York o el sueño americano representado como el viaje hacia el Oeste, sirven de trasfondo a este viaje hacia las raíces del protagonista.
El palacio de la luna, lugar que nos hechiza y nos maravilla en un primer momento, es en realidad el nombre de un restaurante chino cuyas luces de neón se pueden observar desde el apartamento de la calle 112 Oeste de Nueva York, lugar donde vive el protagonista de la novela, Marco Stanley Fogg.
El libro está dividido en siete capítulos y está narrado en primera persona por Marco, quien nos va mostrando el argumento en el primer párrafo de cada uno de ellos, para después ir entrando en detalle de todo lo sucedido, es decir, va de lo general a lo particular haciendo una especie de zoom literario. A veces, el narrador, se dirige directamente al lector para contarle su historia, como si de un conocido suyo se tratara.
En el primer capítulo, Paul Auster nos pone frente a la vida de Marco Stanley Fogg desde su infancia (no conoció a su padre y su madre falleció siendo él muy joven) hasta el momento en que es desahuciado de su piso de la calle 112 cuando se queda sin el dinero que había recibido para estudiar en la Universidad de Columbia. Aparece el protagonista y la que será la persona más importante de su vida, su tío Víctor. También sus aficiones que no son otras que la lectura, la escritura, la invención, la música o el baseball. Los libros son también protagonistas pues acompañan a Fogg en todo momento. Son los que le regaló su tío Víctor cuando fue a estudiar a Nueva York, mil cuatrocientos noventa y dos libros que, además de leer, se convierten en el mobiliario de su apartamento.
Los nombres de los personajes no están puestos al azar. El nombre del protagonista es, evidentemente, un homenaje a los viajes que hicieran Marco Polo, Morgan Stanley o Phileas Fogg. Su madre, que se llamaba Emily y su tío Víctor, tienen nombres literarios que nos remiten a Emily Bronte y Víctor Hugo. Su madre murió con tan solo 29 años. Trabajaba en una editorial de libros de texto. Era propensa al mal humos y solía estar triste. Su tío Víctor, hermano mayor de su madre, era músico clarinetista, soltero y con tendencia a la apatía y a la ensoñación. Era de esa clase de personas que siempre están soñando con hacer otras cosas mientras están ocupadas. Cuando murió su madre, Marco fue a vivir con él a Chicago. No era difícil querer al tío Víctor […]  Al cabo de un mes de mi llegada, habíamos desarrollado un juego consistente en inventar países entre los dos, mundos imaginarios que invertían las leyes de la naturaleza. Una de las cosas que más les gustaba era jugar con las palabras.
El tío Víctor parte con su banda hacia el Oeste (más tarde lo hará el propio Marco) de modo que Marco se queda solo y regresa a Nueva York. Bueno en realidad no se queda tan solo, pues su tío le regala los mil cuatrocientos noventa y dos libros que tiene (nueva referencia a un viaje, tal vez el más famoso de la historia). También le regala un ajedrez, los autógrafos de jugadores de béisbol y un traje de tweed que Marco no se quitará en mucho tiempo porque en momentos de tensión y tristeza constituía para mí un consuelo sentirme arropado en el calor de la ropa de mi tío. Como sucede en los cuentos de Flannery O`Connor, la ropa es un elemento simbólico, que va a apareciendo a lo largo de la novela.
Marco logra terminar sus estudios universitarios encerrado en un apartamento de Nueva York, casi en la indigencia. Justo después de que Neil Armstrong ponga un pie en la Luna, Marco Stanley Fogg abandona el apartamento y se convierte en un indigente que sobrevive en Central Park: Me acordé de una escena de un libro que leí una vez, El lazarillo de Tormes, en el que un hidalgo muerto de hambre se pasea por todas partes con un palillo de dientes en la boca para dar la impresión de que acaba de tomar una copiosa comida. Empecé a adoptar yo también el disfraz del palillo de dientes y siempre cogía un puñado cuando entraba en una cafetería a tomar un café. A punto de morir de inanición, dos amigos de la universidad, Zimmer y Kitty lo rescatan.

Tras su recuperación, nuestro protagonista comienza a trabajar cuidando al viejo Effing, un hombre ciego, que le pide que le describa todo lo que ve cuando salen a pasear por la ciudad: El mundo nos entra por los ojos, pero no adquiere sentido hasta que desciende a nuestra boca. Marco comienza a hacer ejercicios con la palabras hasta conseguir que el viejo Effing sea capaz de ver las cosas por sí mismo. Me costó semanas de duro trabajo simplificar mis frases, aprender a distinguir lo superfluo de lo esencial. Descubrí que cuanto más aire dejara alrededor de una cosa, mejores eran los resultados, porque eso le permitía a Effing hacer un trabajo fundamental: construir una imagen sobre la base de una sugerencias, sentir que su mente viajaba hace las cosas que yo le describía
Marco está aprendiendo el oficio de escritor a base de practicar con un ciego que, en realidad, no es otro que el propio lector que construye imágenes en su mente a partir de las palabras que alguien ha colocado en un papel en blanco con esa intención. Para lograrlo, Marco practica una y otra vez, como debe hacer cualquier escritor que se precie. Repasaba los objetos de la habitación para ver si podía mejorar mis descripciones. Cuanto más trabajaba en ello, más en serio me lo tomaba. A veces se siente orgulloso de las palabras elegidas, pero no siempre: las exigencias de las palabras son demasiado grandes; uno conoce el fracaso con excesiva frecuencia para poder enorgullecerse del éxito ocasional.
El empeño por aprender a mostrar el mundo al viejo Effing se va a convertir en la tabla de salvación de Marco. El viejo le dará unas cuantas lecciones obre como narrar historias. Cuando fui a París en 1920 —la dice a Marco—no había necesidad de darle los datos a nadie. No me importaba lo que pensaran. Mientras yo fuera convincente ¿Qué más daba lo que hubiera pasado en realidad? Inventé varias historias, cada una de las cuales mejoraba la anterior. El viejo Effing hace literatura inventando su vida. La verdad no era lo importante. Lo fundamental era que esa historia que se había inventado fuera verosímil, convincente. Continúa hablándole: Probablemente las mejores eran las historias de guerra. Estoy hablando de la Gran Guerra, la que desgarró el corazón del mundo la que iba a poner fin a todas las guerras. Era elocuente, inspirado. Sabía explicar el miedo como nadie, los cañones que atronaban por la noche, los soldados de infantería con cara de imbécil que se cagaban en los pantalones. Metralla, decía, más de seiscientos fragmentos de metralla se me clavaron en las piernas. Eso fue lo que me ocurrió. Los franceses no se cansaban de escucharme. Effing es un contador de historias inventadas, pero al final de su vida decide contar su  verdadera historia y para hacerlo enseña a Marco a escribir como un novelista. La referencia a Ernest Hemingway está clara, ya que, además de ser uno de los grandes contadores de historias, participó en la Gran Guerra y fue herido en una pierna en la Batalla de Caporetto, historia que narró en su célebre, Adiós a las armas.
De manera que El palacio de la luna, además de un viaje lleno de historias,  es un verdadero manual de escritura, ya que la literatura se convierte en el hilo conductor de toda la novela. De hecho todos los personajes tienen alguna relación con los libros. El tío Víctor tiene mil cuatrocientos noventa dos libros que deja en herencia a Marco quien los devora cuando se marcha de gira con su banda de jazz. Su madre, Emily, trabajó en una editorial, Effing enseña indirectamente a escribir a Marco y lo contrata para que le lea en voz alta. Salomon Barber, hijo de Effing, es historiador, profesor y ha escrito varios libros.
En una conversación entre Effing y Marco, el viejo le pregunta qué hará cuando él muera, y éste le responde que estudiará biblioteconomía porque después de todo las bibliotecas no están en el mundo. Son sitios aparte, santuarios del mundo puro. De ese modo podré seguir viviendo en la luna el resto de mi vida.

                                             


Traducción Maribel De Juan