sábado, 28 de enero de 2017

Que se levanten los muertos, de Fred Vargas



Y recuerda que no había otra opción —dijo Marc—. El orden cronológico como criterio de reparto: en la planta baja, lo desconocido, el misterio del origen, los instintos primarios, la curva donde todo puede pasar; en resumen, las estancias comunes; el primer piso, se abandona un poco al caos, comienza el lenguaje, el hombre desnudo se alza en silencio, o sea, tú, Mathias. [...]
Ascendiendo un poco más por la escala del tiempo—continuó Marc—, saltando sobre la Antigüedad, a punto de comenzar el glorioso segundo milenio, los contrastes, las audacias y las penas medievales, o sea, yo, en el segundo piso; luego, arriba, la degradación, la decadencia, el experto en historia contemporánea, o sea, él —continuó Marc sacudiendo a Lucien por el brazo—, en el tercer piso, cerrando con la vergonzosa Gran Guerra la estratigrafía de la historia y la de la escalera; aún más arriba, mi padrino, que vive el presente de esa manera tan particular”.

Esta es la distribución del  caserón en que viven  los protagonistas de “Que se levanten los muertos”, primera novela de la trilogía de los “Tres Evangelistas” de la escritora francesa Fred Vargas. Mi primera lectura de la autora fue “El hombre de los círculos azules”, con el comisario Adamsberg como protagonista. Me gustó su originalidad y cuando un autor me gusta ya no lo abandono, de manera que busqué información sobre Fred Vargas, y vi que había escrito una trilogía de misterio protagonizada por tres historiadores en paro que además de investigar el pasado juegan a ser detectives en el presente. Empujado por una especie de conciencia de clase fui corriendo a la librería a por la primera de las novelas. Se titulaba “Que se levanten los muertos”. Comencé a leerla y pronto sentí simpatía por estos tres locos desamparados que intentan vivir del pasado en una sociedad en la que el pasado cada vez está más lejos del presente, cada vez interesa menos, cada vez está más olvidado.

Fred Vargas, historiadora y arqueozoóloga, especialista en el medievo, igual que Marc Vandoosler,  ha publicado varios ensayos (no traducidos al castellano) sobre animales, alimentación y enfermedades como la peste en la Edad Media. Estos ensayos son los únicos que firma con su verdadero nombre, Fréderique Audoin-Rouzeau. Su hermano Stéphane Audoin-Rouzeau (el libro está dedicado a él), inspirador de Lucien Devernois, es también historiador, especialista en la Gran Guerra, de modo que no es extraño que hiciera un homenaje a esta disciplina con la creación de estos personajes..
“Que se levanten los muertos” fue publicada en 1995 tras el éxito de “El hombre de los círculos azules” (1991) en la que aparece por primera vez el personaje que hará célebre a la autora, el comisario Adamsberg.  Fred Vargas decidió abrir camino alternativo al del comisario, camino que completó con las dos novelas siguientes, “Más allá a la derecha” (1996) y  “Sin hogar ni lugar” (1997). Todas ellas fueron traducidas al castellano y publicadas por la editorial Siruela en el año 2007. Pronto se convirtieron en auténticos bestsellers, por lo que  también fueron publicados  en la edición de bolsillo de Punto de Lectura.


Los protagonistas de “Que se levanten los muertos” son tres jóvenes sin trabajo, “con el agua al cuello” (la autora lo recuerda infinidad de veces a lo largo de la novela), que se trasladan a vivir a un desvencijado y viejo caserón (“Cuatro pisos contando el desván, un jardín pequeño, en una calle olvidada y en estado ruinoso: Lleno de agujeros por todas partes, sin calefacción y con el servicio en el jardín con un picaporte de madera. Entornando los ojos, una maravilla.), del centro de París situado en la ficticia Rue Chasle,  cercana a la no ficticia Rue Saint Jacques, a espaldas de la Sorbona y cercana al Jardín de Luxemburgo. Son tres historiadores treintañeros que intentan sobrevivir pero que no han perdido el entusiasmo por la Historia, una disciplina que, evidentemente, no les proporciona una vida holgada. Son Marc, el medievalista, Mathias, el prehistoriador y Lucien, el experto en La Gran Guerra. A ellos les acompaña el tío de Marc, el viejo Vandlooser, un policía apartado del cuerpo por asuntos turbios. Es éste quien bautiza a los historiadores como los Tres Evangelistas: San Marcos, San Lucas y San Mateo. Aunque pueda parecer que tienen mucho en común, sus respectivas especialidades los sitúa en campos totalmente diferenciados y les dibuja un carácter en consonancia con la época de estudio elegida por cada uno.

Marc Vandoosler, el medievalista,  es el que mayor protagonismo tiene de los tres, especie de alter ego de la autora, que nos acerca a él a través de un estilo indirecto libre que maneja magistralmente.
“Marc borró de un golpe rápido todo su dibujo. Había destrozado su figura. Con un gesto de nerviosismo. No paraban esos gestos de nerviosismo, de importancia rabiosa. Caricaturizar a Mathias era fácil. Pero ¿y él? ¿Qué era él sino uno de esos medievalistas decadentes, uno de esos jovencitos morenos, elegantes, gráciles y resistentes, una suerte de investigador de lo inútil, un artículo de lujo sin esperanzas, que vinculaba sus sueños fracasados a unos cuantos anillos de plata, a visiones del año mil, a campesinos que empujan el arado, muertos desde hace siglos, a una lengua romance que a nadie importaba lo más mínimo, a una mujer que lo había dejado? Marc levantó la cabeza. Al otro lado de la calle, un inmenso garaje”.
Mathias Delamarre, el prehistoriador, el gran rubio cazador-recolector, siempre indiferente a todo lo que pasó después del año 10000 antes de Jesucristo, vive de vender carteles en la Estación de Chatelet y de hacer de negro en una editorial escribiendo novelas de amor de ochenta páginas. Le gusta andar por la casa, cual hombre de las cavernas, como dios le trajo al mundo, eso sí, con las sandalias puestas.
Lucien Devernois, el historiador de la Primera Guerra Mundial, es el que mayor recelo causa en Marc y Mathias, tan alejados del presente. Aunque para Mathias, desde su lejano mundo ágrafo,  Edad Media y la Edad Contemporánea son la misma cosa.
Lucien es capaz de periodos de estudio en silencio enormemente largos y “a él le debían la tercera parte del alquiler y una generosidad arrolladora que aportaba cada semana algún lujo extra al caserón. Pero también era generoso en palabras y en juegos verbales. Peroratas militares irónicas, excesos de toda clase, juicios mordaces. Era capaz de gritar durante una hora por cualquier tontería. Marc estaba aprendiendo a dejar que las peroratas de Lucien le entraran por un oído y le salieran por el otro. Lucien no era militarista en absoluto. Perseguía, con rigor y resolución, el núcleo de la Gran Guerra sin por atraparlo. Seguramente por eso gritaba”.
Poco a poco va a ser la terminología de Lucien la que se imponga. El espacio donde se desarrolla la trama es el propio barrio. A un lado del caserón vive la cantante de ópera ya retirada, la griega Sophia Siméonidis  junto a su marido. Este es el frente occidental. Al otro, en el frente oriental, vive la guapa Juliette Gosselin, dueña de una pequeña taberna con forma de tonel llamada “Le Tonneau” que se va a convertir en centro de operaciones de los historiadores.
El otro de los grandes protagonistas de la novela es, sin duda el viejo policía retirado que vive con los tres historiadores en el caserón,  Armand Vandoosler, tío-padrino de Marc. El personaje va creciendo y su papel va ganando peso conforme avanza la novela. “Tenía, o eso le parecía, un aspecto interesante (Sophia, observa a sus vecinos que acaban de trasladarse al caserón a través de la ventana). De lejos era el más guapo de los cuatro. Aunque fuera el más viejo. Sesenta o setenta años. Parecía que de aquella boca fuera a salir una voz ronca, pero tenía, al contrario, un timbre tan suave y bajo que Sophia aún no había podido captar una palabra de lo que decía. Derecho, alto, como un capitán sin navío, no pegaba ni golpe en las obras. Sólo supervisaba y ordenaba”.
“¿Cómo había llegado hasta aquí? (se pregunta Vandoosler). Una sucesión de casualidades. Cuando pensaba en ella, su vida le parecía un tejido coherente,  y sin embargo, hecho de impulsos no muy pensados, decididos en cada momento y que, por tanto, podían haber sido de otra manera. Grandes ideas, proyectos vitales sí que había tenido. Pero no había llevado a cabo ninguno. Ni uno. Siempre había visto sus resoluciones más firmes desmoronarse ante la primera tentación, sus compromisos más sinceros debilitarse a la menor ocasión, sus palabras más entusiastas disolverse en la realidad. Así era. Se había acostumbrado a ello y consideraba que no había nada que criticar. Le bastaba con vivir al día. Eficaz y a menudo brillante en el momento, se veía perdido en el medio plazo”.

La trama de la novela va tomando cuerpo ya en la primera página cuando los habitantes del caserón se ven involucrados en un extraño asunto. A su vecina Sophia le ha aparecido un árbol en su jardín de la noche a la mañana,  lo cual la inquieta. Pronto va creciendo en su mente la idea de que ese árbol lo ha plantado alguien para ocultar algo, tal vez un cadáver, lo que la lleva a pedirles ayuda para que hagan una zanja y lo comprueben. El misterio aumenta cuando es la propia Sophia la que desparece sin dejar rastro. Es entonces cuando las neuronas de los tres historiadores y del viejo policía retirado se ponen en funcionamiento para tratar de resolver el caso de la desaparición de su vecina. Fred Vargas, como buena maestra del género, va dejando claves para que el lector intente resolver el misterio. Una segunda parte vertiginosa nos lleva a un desenlace inesperado, como no podía ser de otro modo. Todos aceptan una hipótesis, incluido el lector, excepto la analítica mente de Marc que se niega a aceptar esa verdad, por muchos indicios que le llevaran a ella, porque para él, como buen historiador, todas las hipótesis deben ser refrendadas con datos, con hechos objetivos.

Señala el periodista de El País, Guillermo Altares, en el prefacio a una entrevista que le hizo a la autora francesa el 3 de noviembre de 2015 con motivo de la publicación de su última novela “Tiempos de hielo”, que las novelas de la escritora francesa Fred Vargas tienen una enorme ventaja para los devoradores de novela negra: no se parecen en nada que se haya leído hasta entonces y que se vaya a leer en el futuro. Tal vez exagera si aplicamos la afirmación a esta novela. He echado en falta mayor protagonismo del contexto político y socioeconómico, o de una ciudad como París, que apenas si aparece. Es evidente que no era eso lo que quería mostrar Fred Vargas. Se quería ceñir a la trama y a los personajes. Lo cierto es que es una novela ligera, de lectura rápida, juvenil, desengrasante, de esas que no castigan demasiado a las neuronas, a veces divertida y, sobre todo, muy entretenida.





Traducción de "Que se levanten los muertos", de Helena del Amo


2 comentarios:

  1. Me encanta la novela negra pero no he leído nada de Fred Vargas, eso sí, tengo de ella una novela sin leer, Un lugar incierto. Sin embargo leyendo tu estupenda reseña no sé si me voy a animar a leerla de forma inmediata porque justamente lo que me gusta a mi de la novela negra es el trasfondo social, político...

    Llevo una larga temporada que no leo nada de novela negra, en cambio hay momentos en que tengo que hacer esfuerzos para salir de este género.

    Saludos.

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    1. Fred Vargas no es Vázquez Montalbán pero es muy original. Además, "Un lugar incierto" pertenece a la serie Adamsberg y estas tienen más cuerpo, digamos que son más serias que las de los tres historiadores. Si te gusta la novela negra imagino que te gustará Fred Vargas, aunque también he leído opiniones poco halagüeñas sobre la autora francesa.
      Gracias por el comentario.
      Un saludo!!

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