martes, 31 de enero de 2017

Las rutas del nómada, de Cristina Morano




Hace  años busqué este libro por todas las librerías de la ciudad. Imposible. Estaba agotado y descatalogado. No recuerdo quien me habló de él, ni por qué lo saqué prestado de la biblioteca pública. Solo recuerdo que nada más leer los cinco primeros poemas decidí que aquel libro tenía que ser mío. Una pequeña obra de arte. Pequeña porque tan solo recogía veintitrés poemas que Cristina Morano había escrito entre 1994 y 1998. Era poesía sin concesiones, impactante, desesperanzada, libre de cualquier sentimentalismo al uso de esos que a veces la endulzan hasta hacerla insoportable.
Entonces hice lo que nunca se debe hacer. Pasé el libro de la biblioteca por la fotocopiadora. Salieron de la máquina trece páginas a doble cara, páginas que releí, subrayé y anoté muchas veces hasta que, finalmente, quedaron guardadas en una carpeta y colocadas en su lugar correspondiente de la estantería. Habían adquirido la condición de libro de hecho. Tiempo después, se unieron a la clandestinidad de estas tristes hojas, otros poemarios de la autora, como “El pan y la leche”, “El ritual de lo habitual”  y “Cambio climático”, que entraron en la estantería, esta vez sí, con todas las de la ley. 
Hace unos días, mientras vagabundeaba por la Librería La Candela, mi mirada se centró en un librito sin título en el lomo. Lo saqué del estante por curiosidad. Y ahí estaba,“Las rutas del nómada” de Cristina Morano. Quince años después. Impecable, como si el anterior propietario nunca lo hubiera abierto para comprobar  qué había dentro. Lo abrí con cuidado, y me encontré con este poema. Como llegado de otra vida.

"El cielo es rojo todas las mañanas,
cuando los estudiantes vienen a vomitar
a los lavabos de sus novias,
cuando los niños de la calle Santa Rita
aprenden a distinguir los policías
de los camellos, por un guiño
del ojo o por un pliegue de la ropa.

Pero antes de este amanecer que pone
en guardia a los insectos y a los taxis,
los padres han dormido ajenos
al llanto de sus hijos,
han salido los yonkis  a la calle
a dar tirones en los bolsos
y los locos han apuntado en su diario
que tenían los ojos verdes.
Incluso tú
Te has despertado en plena noche,
te has detenido a dos segundos
de cualquier tipo de suicidio
-seguro de que todo continúa
exactamente igual después de muerto-;
has comprobado que esta noche,
los grifos no funcionan,
y has bebido ginebra pura
como si fuera agua;

te has quemado
la garganta y tu voz no ha sido
la misma desde entonces".


 “Las rutas del nómada” se vino a casa.
Contento de tenerlo por fin, lo coloqué en en estante. Lo observé durante un buen rato.
Saqué las fotocopias de la carpeta y antes de tirarlas a la basura, les eché el último vistazo.
Comencé a leer:


"En 1994 espero ir al cielo
porque he estado demasiado tiempo
en el paro. Me levanto muy temprano,
me seco con toallas sucias,
se ha caído el vaso al suelo
y él me ha llamado zorra.

Sólo me quedaba un amigo,
tranquilamente sentado delante del televisor,
tenía metadona y pasteles en su nevera.
Compró cigarrillos con mi dinero,
después me dejó en la calle.
Me echaron del trabajo,
otra vez estoy fuera del sistema.
Si me ves por ahí y quieres estar conmigo
sólo tienes que invitarme a comer algo
pero si vas a besarme,
procura que tus labios no estén fríos,
puede ser la última vez que me veas
-esto fue lo que aprendí.

Realmente he estado tanto tiempo en el paro,
que en 1994 espero ir al cielo,
y pasarme las horas dormida
como las pasan los ángeles de dios,
cuando se chutan el caballo".


Las fotocopias volvieron al lugar que tanto tiempo habían ocupado.




                                           Cristina Morano en "El ritual de lo habitual"

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