viernes, 30 de septiembre de 2016

20 años de El Capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte



“¡No queda sino batirse!”
Imagina estas palabras en boca de Don Francisco de Quevedo y Villegas.
Imagínalo sacando la toledana en la Taberna del Turco para liarse a estocadas con algún burlón que ha puesto a algún verso suyo la autoría de Góngora.
Imagínalo con su irónico ingenio no dejar títere con cabeza:           
           
“Nace el las Indias honrado,
            donde el mundo le acompaña;
            viene a morir en España
            y es en Génova enterrado.
            Y pues quien le trae al lado
            es hermoso, aunque sea fiero,
            Poderoso caballero
            es don Dinero.

Imagina la corte de Felipe IV. Madrid. El Siglo de Oro. El Imperio Español. La gloria. La decadencia. La plaza Mayor, Lope de Vega y Tirso de Molina, Velázquez  y el Conde Duque de Olivares.
Espadachines a sueldo como el capitán Alatriste, peligrosos, gentes con hígados capaces de matar por cien maravedíes.Viejos soldados que se dejaron un brazo en Lepanto luchando contra el turco en los tiempos del añorado Felipe II. 
La Inquisición.  Persiguiendo y torturando a gentes que al final no tienen más remedio que confesarse herejes, sodomitas o judaizantes. Proclamando Autos de fe para dar espectáculo a un pueblo ávido del olor a carne quemada de las hogueras de la Plaza Mayor.
La Guerra. Los invencibles y temibles Tercios. Flandes. La rendición de Breda con el vencido Justino de Nassau, humillado, entregando las llaves de la ciudad a un contenido Ambrosio Espinola, noble genovés,  jefe de los ejércitos españoles que luchan en nombre del Rey para mantener estos territorios dentro de la monarquía hispánica.
Sevilla. La Casa de Contratación, comerciantes genoveses, flamencos y portugueses, pícaros, ladrones y matarifes, franciscanos y dominicos, funcionarios de la corona, aristócratas arruinados, nobles de toga y Grandes de España. Todos a la espera de la llegada de la flota de Indias cargada de oro y plata... si los piratas y corsarios ingleses, franceses y holandeses no lo impiden antes.

Realidad y ficción.
Esta mezcla fascinante es la que nos ofrece el escritor cartagenero Arturo Pérez-Reverte en la saga de las Aventuras del Capitán Alatriste,.
Estas están narradas por Iñigo Balboa, alumno, protegido y compañero de aventuras del capitán. Maestro y alumno están acompañados por numeroso personajes de entre los que destacan el sin par Don Francisco de Quevedo, compañero de tertulias, paseos y lances, el aristócrata Alvaro de la Marca, conde de Guadalmedina y Grande de España, íntimo de Alatriste desde que éste le salvó el pellejo en una batalla en tiempos del padre de su majestad.
Gualterio Malatesta, alter ego de Alatriste, espadachín italiano, malvado y enemigo mortal del capitán.
Felipe IV, el Conde Duque de Olivares, Dómine Perez, Sebastián Copons, Caridad la Lebrijana, Fray Emilio Bocanegra, Luis de Alquézar, Angélica de Alquézar...
Los personajes ficticios se funden en una realidad muy bien documentada, la de la España de Felipe IV que reinó entre 1621 y 1665.
Una España en la que, todavía, no se ponía el sol. El Imperio más extenso de la Historia y cuyo centro neurálgico era Madrid. Un Imperio al que le acechaban las potencias de Francia e Inglaterra y que finalmente conseguirían derrotarlo.
Los años del reinado del Felipe IV son convulsos, agitados, son años de proyectos para salvarlo. El Conde Duque, valido del Rey, gobierna con inteligencia, astucia y energía, pero sus planes se ven frustrados. Los años cuarenta del S. XVII verán la desintegración y el comienzo del ocaso de la monarquía hispánica.
En contraste con la decadencia política y económica, la cultura escribe sus páginas más esplendorosas de la historia de España. Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Calderón de la Barca, Góngora, Velázquez, Zurbarán, Ribera, Murillo ...
La Corona, la aristocracia  y la Iglesia se convierten en grandes mecenas de escritores, pintores, escultores, músicos y arquitectos. Este es el marco de las novelas.

El interior del cuadro está compuesto por siete libros que comenzaron a publicarse en 1996:
El Capitán Alatriste 1996
Limpieza de Sangre 1997
El Sol de Breda 1998
El Oro del Rey  2000
El Caballero del Jubón Amarillo 2003
Corsarios de levante 2006
El puente de los asesinos 2011

Es muy probable que si comienzas a leer las aventuras del capitán Alatriste abras una puerta a un mundo del que no quieras salir. Si esto te ocurre estarás muy apenado cuando hayas terminado de leer los siete volúmenes. Echarás de menos al capitán, a Quevedo e incluso al Rey y al Conde Duque.
No te preocupes, no tienes que esperar a que Pérez-Reverte publique el siguiente volumen de la serie. Puedes acudir a los clásicos. Leer el Buscón de Quevedo, El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina o el Perro del Hortelano de Lope de Vega para adentrarte de nuevo en aquel mundo maravilloso y hostil. Incluso puedes acudir a historiadores tan brillantes como John Elliot que han escrito inmensas obras como La España Imperial o El Conde Duque de Olivares.
Si tu inquietud va más allá puedes perderte una semana en el Madrid de los Austrias para visitar in situ los lugares en los que transcurren las aventuras de nuestro capitán. Puedes pasar horas y horas en el Museo del Prado atento a los rostros y a las escenas que dejaron los pinceles de Velázquez o Murillo. O puedes irte a Simancas y encerrarte en el archivo hasta el resto de tus días, rastreando la estela del inolvidable capitán.

Epílogo:
“No soy amigo de dar consejos, dijo Iñigo Balboa , mas ahí va uno de barato: desconfíen siempre vuestras mercedes de quien es lector de un solo libro” .  




martes, 27 de septiembre de 2016

París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas




Escribe Enrique Vila-Matas en “París no se acaba nunca”:
Cuando me preguntan si los textos los tengo organizados en la cabeza antes de escribirlos o bien se desarrollan en mi cabeza sorprendiéndome a mí mismo a medida que avanzan, siempre contesto lo mismo, que en la redacción se producen sorpresas infinitas. Y que por suerte es así, porque la sorpresa, el sesgo repentino, la frase que se presenta en el momento preciso sin que se sepa de dónde viene, son el dividendo inesperado, el fantástico empujoncito que mantiene vivo a un escritor”.
Así es “París no se acaba nunca”, una caja de sorpresas, una detrás de otra.
Así es este libro que trata del oficio de escribir, de cómo un joven viaja a París con el objetivo de intentar escribir una novela, su primera novela. Y se va a vivir, imitando a su idolatrado Ernest Hemingway, a una buhardilla de la rue Saint Benoit que le alquila nada más y nada menos que Margarite Duras con la que se cruza de vez en cuando por la escalera y le da consejos para escribir. Ese joven no para de hacerse preguntas y de  hacérselas a los demás, sobre todo a su amigo argentino Raúl Scari. Y ese joven comienza a escribir una novela titulada “La asesina ilustrada”, cuya trama consiste en que los lectores que leen la novela caen fulminados, asesinados por la narradora.
Esa trama que el joven va construyendo en los años 1973 y 1974, es el centro del relato en torno al cual Vila-Matas escribe su libro, una especie de memorias aderezadas con muchos elementos de ficción y de erudición literaria.
Y tiene a París como escenario sin igual, el París real y el literario. El que pisaba Vila-Matas cada día y que tan infeliz le hacía; el mismo que hacía tan feliz a Hemingway en los años 20 a pesar de su pobreza. También son protagonistas los cafés que frecuentaba Hem, como le llamaban sus amigos, y a los que cincuenta años después iba el joven Vila-Matas en busca de alguna huella, de alguna evidencia de su paso, o de la existencia misma del lugar.
En "París no se acaba nunca" no sólo se habla de Hemingway. Hay además numerosas, a veces geniales, reflexiones sobre la ciudad, sobre la escritura, sobre la vida; anécdotas e historias de artistas que vivieron en París, como la de la esposa de Modigliani, que al enterarse de su muerte, se sentó en el alféizar de la ventana de la buhardilla en la que vivían y se dejó caer hacia atrás. Estaba embarazada de nueve meses. O vivencias propias (reales o inventadas) como la de la primera vez que probó el L.S.D. Fue cuando estaba con una novia a la que le iba el rollo hindú del karma y el nirvana, como a los Beatles por aquella época. El suceso tuvo lugar cuando estaba en lo alto de la Torre Eiffel. Al joven Vila-Matas comenzó a hacerle efecto el trippie y en eses momentos pensaba que si se lanzaba al vacío desde lo alto no moriría sino que volaría. Y eso fue lo que le preguntó a ella, que si volaría si se lanzaba desde lo alto de la Torre Eiffel, a lo que ella respondió que no moriría, sino que iría a otro sitio, que no se preocupara, le dijo. “No te matarías, no morirías, sólo te irías lejos de París”. Esa respuesta provocó una pequeña inquietud en el joven escritor y se dio cuenta de que en realidad ella estaba buscando que se matara. “No entiendo por qué irse de París te perece recomendable”, le respondió. “¿Qué?” Preguntó ella alto sorprendida, como si no esperara que él todavía siguiera allí. Tal vez se creía que ya estaba muerto. “Nada—dijo él—sólo quiero que sepas que la eternidad no es más larga que la vida”. Dio media vuelta y se marchó. Y la dejó para siempre aunque estaba enamorado de ella.
Hay tanto bueno en este libro que lo mejor que uno puede hacer es releerlo. Son 113 capítulos narrados como si de una conferencia de tres días se tratara, que es lo que el escritor pretende hacernos creer, que estas páginas están sacadas de una conferencia que dio en Barcelona sobre sus años de juventud en París.
Hace unos años vi a Enrique Vila-Matas en la Feria del libro. Estaba sentado en el interior de uno de los stands  charlando con alguien. Pasaba yo por allí, como cada tarde, y le vi; y vi que él también me vio, a pesar de su charla con el otro tipo. Yo le reconocí enseguida. Él me miró pero creo que no me reconoció como el lector que un día, en un futuro no muy lejano, sería de “París no se acaba nunca”, que lo leería justamente después de leer “París era una fiesta” de Hemingway, y que lo terminaría de leer unas horas antes de viajar a París. O tal vez sí.



lunes, 26 de septiembre de 2016

A salto de mata, de Paul Auster



Paul Auster escribe lo siguiente en “A salto de mata” :
“Leía libros, escribía, hacía todo lo que había hecho hasta entonces pero de forma más productiva, en cierto modo con mayor capacidad de concentración, ahora que apenas había algo que me distrajera. En muchos aspectos parecía una existencia ideal, una vida perfecta”
Estas palabras de Auster pueden llevarnos a pensar que el autor está en un lugar idílico y nada más lejos de la realidad. Escribe esto para referirse a un momento de su vida en el que trabajó de “mozo de cubierta” en un gran petrolero. Durante las semanas que estuvo en alta mar se dedicó a limpiar el barco, tarea que realizaba en un par de horas, lo que le dejaba el resto del día libre para estar en su camarote haciendo lo que realmente quería: leer y escribir.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El olvidado, de Elie Wiesel


El Comité Noruego que le otorgó el Premio Nobel de La Paz en 1986 dijo de él:
«Elie Wiesel es uno de los intelectuales y pensadores más importantes de nuestro tiempo. Es un testigo del pasado y un guía para el futuro. Sus libros extienden el mensaje de la paz, de la reconciliación y de la dignidad humana
En un pasaje de su discurso de aceptación del Nobel, Wiesel afirmó: “Lo recuerdo: sucedió ayer, o hace una eternidad. Un joven chico judío descubrió el Reino de la Noche. Recuerdo su desconcierto, recuerdo su angustia. Todo sucedió tan deprisa. El gueto. La deportación. El vagón de ganado sellado. El altar ardiente donde la historia del nuestra gente y el futuro de la humanidad habrían de ser sacrificados. Recuerdo que preguntó a su padre: ‘¿Puede ser esto verdad? Esto es el siglo XX, no la Edad Media. ¿Quién puede permitir que se cometan crímenes así? ¿Cómo puede el mundo permanecer en silencio? Y ahora ese chico me mira a mí. ‘Dime’, pregunta, ‘¿qué has hecho con mi futuro, qué has hecho con tu vida? Y yo le digo que lo he intentado. Que he intentado mantener la memoria viva, que he intentado luchar contra aquellos que olvidan. Porque si olvidamos, somos culpables, somos cómplices”.
Wiesel hablaba con el niño que fue, con ese niño que los 15 años fue trasladado con toda su familia a Auschwitz, donde murieron su madre y su hermana pequeña. Sus dos hermanas mayores sobrevivieron. Después, él y su padre, Shlomo, fueron trasladados al campo de Buchenwald. Su padre murió  poco antes de la liberación en abril de 1945.  Elie Wiesel fue marcado en el brazo con el número de identificación como prisionero A-7713. Lo llevó durante toda su vida.

Ayer me enteré por casualidad de que el pasado 2 de julio había muerto. Rápidamente se activaron todos los mecanismos de mi memoria para llevarme al año 2005, el año en que leí su novela “El olvidado”.  Recuerdo que me la recomendó un amigo y que me costó dar con ella porque estaba descatalogada. Tras una intensa búsqueda por varias librerías  decidí plegarme a los nuevos tiempos y finalmente la encontré en la página web de una librería de ocasión. Fue el primer libro que compré a través de Internet.
Entro en mi biblioteca y saco el libro del lugar que ocupa en la estantería. Es una edición en pasta dura del Círculo de lectores publicada en 1991. Está forrado y lleva la fecha en que la recibí y mi firma. Identificó el olor de sus hojas algo amarillentas. No ha cambiado. Recuerdo haberla leído en un par de días, tal vez menos. Recuerdo haber viajado a un pueblo rumano con el protagonista,  Mikael Rosembaun, un judío estadounidense en busca de una historia que desconoce, la historia de sus antepasados. El detonante del viaje: su padre Elhanan tiene Alzehimer (en ningún momento de la trama se menciona esta palabra) y trata de legar su memoria a su hijo antes de de que la enfermedad avance. En esas memorias relata a su hijo su infancia en Rumanía, la guerra y la persecución alemana, el descubrimiento de Palestina, el amor de Talía, los combates en Jerusalén en 1948...
La novela se desdobla y avanzan al mismo tiempo las memorias del padre y la investigación del hijo en Rumanía, para confluir en un relato que es testimonio de toda una época.

Justo después de leer “El Olvidado” comencé a escribir un cuaderno de notas. Esto fue lo primero que escribí en él:
“No quiero olvidar nada. Ni a lo muertos ni a los vivos. Ni las voces ni los silencios. No quiero olvidar los momentos de plenitud que han enriquecido mi existencia, ni las horas de desamparo que me han desesperado”. Elie Wiesel. El olvidado.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Azorín y el Eterno Retorno


Por fin logro acercarme levemente a la comprensión del famoso mito del eterno retorno de Nietzsche gracias a “La voluntad” de Azorín.
Lo doloroso es que esta danza durará millones de siglos, millones de millones de siglos. ¡Será eterna!...
Federico Nietzsche, estando allá por 1881 retirado en una aldea, entregado a sus fecunda meditaciones, se quedó un día estupefacto, espantado, aterrorizado. ¡Había encarnado de pronto en su cerebro la hipótesis  de la Vuelta Eterna!.
La Vuelta Eterna no es más que la continuación indefinida, repetida de la danza humana... Los átomos, en sus continuas asociaciones, forman mundos y mundos; sus combinaciones son innumerables pero como los átomos son los mismos – puesto que nada se crea ni nada se pierde- , y como es una misma, uniforme, constante, la fuerza que los mueve, lógicamente ha de llegar – habría llegado quizás- el momento en que las combinaciones se repitan. Entonces se daría el caso, como el maestro Yuste sospechaba, de que ese mismo mundo en que vivimos ahora, por ejemplo, vuelva a surgir de nuevo, y con él todos los seres, idénticos, que al presente lo habitan [...] Todos los estados que este mundo puede alcanzar, dice Nietzsche, los ha alcanzado ya, y no solamente una vez, sino un número infinito de veces. Lo mismo sucede con este momento: ha sido ya una vez, muchas veces, y volverá a ser, cada vez que todas las fuerzas estén repartidas exactamente como hoy; y lo mismo acontecerá con el momento que ha engendrado a éste y con el momento al cual ha dado origen.
Hombre, toda tu vida, como un reloj de arena, será siempre retornada de nuevo y se deslizará siempre de nuevo. Y cada una de esta vidas no estará separada de la otra sino por el gran minuto de tiempo necesario para que todas las condiciones que te han hecho nacer se reproduzcan en el ciclo universal. Y entonces encontrarás otra vez cada dolor y cada alegría, y cada amigo y cada enemigo, y cada esperanza y cada error, y cada brizna de hierba y cada rayo de sol, y toda la ordenanza de las cosas todas. Ese ciclo del que tú eres un grano brilla de nuevo. Y en cada ciclo de la existencia humana hay siempre una hora en que el individuo primero, después en muchos, luego en todos, se eleva el pensamiento más poderoso: el de la vuelta universal de todas las cosas. Y ese momento es siempre para la humanidad la hora del mediodía [...]
Yo no siento la angustia que sentí en Nietzsche ante la Vuelta Eterna, piensa Azorín; lo sentiría si en cada nuevo resurgimiento tuviésemos conciencia del anterior”.







jueves, 15 de septiembre de 2016

París era una fiesta, de Ernest Hemingway


Hace unos años visité París. Pensé en llevarme la archiconocida guía Lonely Planet.  Después decidí que sería mejor una guía menos global como la Trotamundos. Finalmente puse en la maleta “París era una fiesta” de Ernest Hemingway y “París no se acaba nunca” de Enrique Vila-Matas. No me equivoqué.
 “París era una fiesta”, es una novela autobiográfica que escribió Hemingway a finales de los años cincuenta en la que recuerda sus años de juventud. En el libro nos habla de sus años en el París de la primera posguerra mundial, de los momentos felices que pasó junto a sus esposa Hudley, de sus charlas con Gertrude Stein, de sus lecturas, sus paseos y sus tardes escribiendo cuentos o crónicas en los cafés parisinos acompañado de un vaso de ron.

Este es uno de los fragmentos del libro:
“El piso de la rue Cardenal-Lemoine tenía dos habitaciones sin agua caliente y sin más dispositivo que un recipiente con antiséptico, que de todos modos no era molesto para una persona acostumbrada a las letrinas de Michigan. Con su buena vista y su buen colchón y somier que armaban una buena cama cómoda aunque baja, y cuadros que nos gustaban en las paredes, era un piso alegre y simpático.
Al llegar con mis libros le conté a mi mujer la maravilla del hallazgo. [se refiere a la Librería Shakespeare & Co que regentaba Silvia Beach, primera editora en 1922 del “Ulises” de James Joyce. La librería se convirtió en centro de reunión de grandes escritores como Samuel Beckett, Ezra Pound, Paul Valery, André Gide, Scott Fitzgerald,o los propios Joyce y Hemingway]
—Pero Tatie, tienes que ir a pagar esta misma tarde, dijo ella.
—Claro que voy a ir —dije—Iremos juntos. Y luego pasearemos por el río siguiendo los muelles.
—Iremos por la rue de Seine y entraremos en todas las exposiciones y miraremos los escaparates.
—Estupendo. Podemos ir a cualquier parte y nos meteremos en un café nuevo donde nadie nos conozcan tomaremos una copa.
—Podemos tomar dos copas.
—Entonces también podemos cenar en alguna parte.
—Eso no. No olvides que hay que pagar en la librería.
—Bueno, volveremos y cenaremos aquí y tendremos una buena cena y para beber compraremos vino de Beaune de ese de la cooperativa de enfrente que marca en precio en el escaparate. Y luego leeremos un rato y nos iremos a la cama y haremos el amor.
—Y yo siempre te querré a ti y tú siempre a mí.
—Siempre. Y a nadie más.
—Seremos felices toda la tarde y toda la noche. Y ahora vamos a almorzar...”

Por supuesto, en el viaje que hice a París, peregriné a la rue Cardenal-Lemoine. Y allí estaba el piso en el que vivió Hemingway junto a Hudley, donde fueron tan pobres y tan felices. En la parte superior de la entrada había una placa en la que se mencionaba tal hecho.Y poco más. Al lado, una librería,  la Librería Hemingway, donde compré, a modo de souvenir, un ejemplar de “París era una fiesta”.
Después caminé cuesta abajo por la rue de Seine hasta la librería Shakespeare & Co. Y allí estaba Silvia Beach. Sólo la pude ver unos instantes, de espaldas, mientras sacaba un libro de una de las estanterías y entraba en la trastienda.

La novela termina así:
“París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices”.

En el año 2003 el escritor Enrique Vila-Matas publicó un libro de memorias en el homenajea a Hemingway titulado precisamente “París no se acaba nunca”.
Escribe Vila-Matas que efectivamente Hemingway regresó muchas veces a París, pero una de las más memorables fue aquella en que “según la leyenda, armado de una metralleta y acompañado por un grupo de la Resistencia francesa, el 25 de agosto de 1944, tras cuatro largos años de ocupación alemana, se adelantó unas horas a la entrada de los aliados en París y liberó el bar del Ritz, el famoso Petit Bar de la rue Cambon. Exactamente la leyenda dice que Hemingway liberó las bodegas del hotel. Después, tomó una suite en él y, en una casi permanente nebulosa de champagne y coñac, se dispuso a recibir a amigos o simples visitantes que fueran a felicitarle. Entre los que se presentaron en el hotel estuvo André Malraux, arrogante a más no poder. El escritor francés entró en el Ritz con un pelotón de soldados a sus órdenes, convertido en todo un coronel con lustrosas botas de caballería. No puede decirse que hubiera ido al Ritz a felicitar a nadie, y menos a Hemingway, que lo advirtió enseguida y que inmediatamente se acordó de que aquel orgulloso coronel había abandonado en 1937 la guerra civil española para escribir "L’espoir" , la novela que algunos cándidos habían elevado a la categoría de obra maestra. Enseguida se vio que el coronel Malraux alardeaba de su pelotón de soldados y se reía del manojo de desarrapados que estaban a las órdenes de Hemingway, liberador del bar del Ritz.
Qué pena, le dijo Hemingway a Malraux, que no tuviéramos la ayuda de tus fantásticas fuerzas cuando tomamos París. Y uno de los incondicionales desarrapados a las órdenes de Hemingway murmuró al oído de su jefe: Papa, on peut fusiller ce con? (¿Papá, podemos fusilar a este gilipollas?)”.

martes, 13 de septiembre de 2016

La voz dormida, de Dulce Chacón


Había oído hablar de ella, había leído que era una gran escritora,  pero su nombre estuvo escondido en algún rincón de mi memoria hasta que la vi junto a José Saramago en la Puerta del Sol, leyendo con energía el Manifiesto contra la Guerra de Irak tras la gran manifestación convocada por la Plataforma Cultura Contra la Guerra. “(...)la tierra pertenece a los pueblos que las habitan, no a aquellos que, con el pretexto de una representación democrática descaradamente pervertida, al final les explotan, manipulan y engañan. Nos manifestamos para salvar la democracia en peligro(...)” Así hablaba Dulce Chacón aquel día de marzo de 2003. La guerra aún no había comenzado. No faltaba mucho.
Ese verano recuperé lecturas relacionadas con los crímenes cometidos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Leí el diario que Ana Frank escribió estando escondida junto a su familia en la parte trasera de una casa en Ámsterdam. Leí también, gracias a mi amigo Empo, "Si esto es un hombre”, estremecedor relato en el que Primo Levi nos lleva a intentar comprender el horror de Auschwitz. Después fue el turno de “Sefarad”, una obra en la que Antonio Muñoz Molina homenajea a los perseguidos y asesinados por Hitler, Stalin o Franco.
En esto estaba cuando llegó a mis manos “La voz dormida”, de Dulce Chacón. La primera línea del libro me atrapó. Su lenguaje era directo. La historia se sitúa en una cárcel de mujeres en Madrid durante los años cuarenta. Sus protagonistas están presas por ser hijas, esposas o hermanas de hombres que han luchado en el bando que ha pedido la guerra. Dulce Chacón nos mete en la piel de estas mujeres, nos hace sentir sus anhelos, sus risas, sus esperanzas, sus miedos, sus terribles miedos. Dibuja con un realismo tierno y aterrador, el trance por el que estas mujeres tuvieron que pasar. Unas vivieron para contarlo. Otras no llegaron tan lejos. Hortensia, Elvira, Reme, Pepita, Carmina, la Sole...
Cuando terminé de leer novela debían de ser las tres de la madrugada. Poco después me quedé dormido. Nada más despertar pensé en Hortensia, ejecutada justo después de dar a luz, y en Elvira que consiguió salir y rehacer su vida en Praga, y en todas aquellas mujeres que durante meses habían contado estas historias a Dulce Chacón a lo largo y ancho del país. ¡Cuenta la verdad!, le habían dicho. En eso estaba pensando cuando, de manera instintiva como cada mañana, encendí el transistor. Serían poco más de las ocho. Me dio tiempo a escuchar la última noticia del boletín de Radio Nacional. “...La escritora extremeña Dulce Chacón ha fallecido esta noche a consecuencia de una corta y fulminante enfermedad...” No podía creer lo que decía aquella voz. Era tres de diciembre.
A través de esta novela Dulce Chacón despertó la voz de aquellas mujeres calladas por la maquinaria de terror en que se convirtió el Estado creado por Franco tras la Guerra Civil, y las rescató de la desmemoria que dejaron los cuarenta años que duró la dictadura.

             

domingo, 11 de septiembre de 2016

Fronteras de Roberto Bolaño



Roberto Bolaño, escribe en “Entre paréntesis” sobre el que fue su gran amigo, el poeta Mario Santiago, inspirador del inmortal Ulises Lima.
“No creía en países y las únicas fronteras que respetaba eran las fronteras de los sueños, las fronteras temblorosas del amor y del desamor, las fronteras del valor y del miedo, las fronteras doradas de la ética.
Para el escritor de verdad, su única patria es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en estanterías o dentro de su memoria”.

sábado, 10 de septiembre de 2016

El Eternauta de Héctor Germán Oesterheld



Una tarde, mientras paseaba por la Feria del Libro, sin detenerme demasiado en los puestos, encontré, ante mi sorpresa, un extra en color de la novela gráfica “El Eternauta”. Pensaba que tras la muerte de su creador Héctor Germán Oesterheld, el superhéroe argentino había sido enterrado con él.
Descubrí “El Eternauta” el verano que viajé a la Argentina, pero no lo descubrí allí sino, extrañamente, al regresar. Fue un domingo en la playa. Mar en calma, aguas cristalinas, pocos bañistas sobre la arena dorada. Estábamos bajo la sombrilla cuando Esther me habló del artículo que estaba leyendo en El País Semanal. Trataba sobre la tortura y asesinato de un argentino por parte de los militares de la dictadura de Videla y sus secuaces. Se llamaba Héctor Germán Oesterheld. Su delito, haber escrito y publicado veinte años atrás una novela gráfica titulada “El Eternauta”. El articulo lo firmaba una de las grandes plumas de la literatura española, Manuel Rivas. La historia era conmovedora. Y aterradora. Oesterheld fue secuestrado junto a tres de sus hijas y trasladado a centros de tortura. Su esposa y una de sus hijas lograron escapar. La última de las torturas a que fue sometido el autor de “El Eternauta” fue la más espantosa. Antes de ser asesinado, los verdugos le enseñaron unas fotos en las que aparecían sus tres hijas muertas. También habían sido torturadas. Después lo mataron. Su cuerpo nunca apareció.
Todo esto lo narraba Rivas tras entrevistar Elsa, la esposa de Oesterheld, que vivía en Galicia, la que había sido tierra de sus padres.
Me costaba entender tal ensañamiento por una novela gráfica, por un cómic, por un TBO.
Debía leer ese libro, necesitaba leer “El Eternauta”, de modo que pocos días después fui a la tienda de cómics de la calle Vinader y compré una edición especial por el 50 aniversario de “El Eternauta”. Casi 400 páginas de una historia que llevó a Oesterheld y a sus  hijas a la muerte.
La historia.
Un hombre, de repente, aparece de la nada en el estudio de Oesterheld en Buenos Aires. Corre el año 1957. Durante toda la noche, ese hombre llamado Juan Calvo, le cuenta cómo ha llegado hasta ahí. Todo comenzó una noche en que nevaba. Juan Calvo jugaba en casa tranquilamente a las cartas con los amigos, pero pronto se percatan de que esa no es una nieve normal. Caen copos de nieve fluorescente que matan. Pronto se dan cuenta de que están solos y de que esa nieve es el arma utilizada por los extraterrestres que han invadido La Tierra. Juan Calvo, El Eternauta, luchará contra ellos; se convierte así en defensor de la vida, la libertad y la dignidad en la lucha contra los extraterrestres que quieren aniquilar la vida en La Tierra. Los extraterrestres son unos monstruos asesinos llamados los Ellos y los Manos.
Fue precisamente en el espejo de El Eternauta en el que se vieron reflejados los militares de la dictadura argentina. Ellos eran los Ellos, ellos eran los Manos. No les gustó esa imagen. De manera que tenían que acabar con el autor de ese espejo, y lo hicieron, acabaron con Héctor G. Oesterheld. Pero no con el espejo.
El Eternauta comenzó a publicarse en 1957 en forma de tira de periódicos y estuvo publicándose durante años con un éxito enorme.
Desde que comencé a leerlo no pude separare de él ni un solo minuto. Una obra maestra, un libro de obligada lectura, de obligada relectura. Por eso la sorpresa de encontrar una secuela de “El Eternauta”. La compré, por supuesto. Era un homenaje que Solano, compañero dibujante de “El Eternauta,  le hizo a Oesterheld en el año 1997 en el vigésimo aniversario de su desaparición.





jueves, 8 de septiembre de 2016

Homo crudívoro de Manuel Vázquez Montalbán



Leo "El delantero centro fue asesinado al atardecer” de Manuel Vázquez Montalbán  y me encuentro con la máxima que su alter ego Pepe Carvalho defiende a capa y espada sobre la relación entre la cultura y la gastronomía:

"—Explíqueme la relación que hay entre la gastronomía y la psicología social.
 —El hombre es un caníbal.
 —Empezamos bien.
 —Mata para alimentarse y luego llama a la cultura en su auxilio para que le brinde coartadas éticas y   estéticas. El hombre primitivo comía carne cruda, plantas crudas. Mataba y comía. Era sincero. Luego se inventó el roux y la bechamel. Ahí entra la cultura. Enmascarar cadáveres para comérselos  con la ética y la estética a salvo.
 —¿Es usted crudívoro?
 —No. Todo mi desprecio por la cultura en general como máscara la aparco cuando se trata de  comida. La única máscara que acepto de buen grado es la de la cocina,
 —¿Y el sexo?
 —El sexo con máscara es estúpido y nocivo”

El Cuarteto Benengeli de Paul Auster



Hay un pasaje en "Ciudad de Cristal", la primera parte de la "Trilogía de Nueva York", de Paul Auster, que le hizo ganar enteros en mi lista de escritores favoritos.
Paul Auster se introduce en su novela, al modo en que Hitckcock lo hacía en sus películas, para charlar con el protagonista. La conversación no tiene desperdicio. Aquí la dejo para que la disfrutéis.

Auster se mostró reticente, pero al fin reconoció que estaba trabajando en un libro de artículos. El que estaba escribiendo en aquel momento versaba sobre Don Quijote.
—Uno de mis libros favoritos, dijo Quinn.
—Sí, mío también. No hay nada comparable.
Quinn le preguntó por el ensayo.
—Supongo que podría considerarse especulativo ya que no pretendo demostrar nada. De hecho está escrito irónicamente. Una lectura imaginativa, supongo que podríamos llamarlo.
—¿Cuál es su tesis?
—Principalmente tiene que ver con la autoría del libro. Quién lo escribió y cómo lo escribió.
—¿Hay alguna duda?
—Por supuesto que no. Pero me refiero al libro dentro del libro que Cervantes escribió. El que imaginó que estaba escribiendo.
—Ah.
—Es muy sencillo. Cervantes, no sé si lo recuerda, se esfuerza mucho por convencer al lector de que él no es el autor. El libro, dice, lo escribió Cide Hamete Benengeli en árabe. Cervantes describe cómo descubrió por azar el manuscrito en un mercado de Toledo. Contrató a alguien para que se lo tradujera  al castellano y después se presenta a sí mismo únicamente como el corrector de la traducción.
—Y sin embargo luego dice—añadió Quinn—que la de Cide Hamete Benengeli es la única versión auténtica de la historia de Don Quijote. Todas las demás versiones son fraudes, escritos por impostores; insiste mucho en que todo lo que se cuenta en el libro sucedió realmente.
—Exactamente. Porque, después de todo, el libro es un ataque a los peligros de la simulación. No podía fácilmente presentar una obra de la imaginación para hacer eso, ¿verdad?. Tenía que afirmar que era real.
—Sin embargo siempre he sospechado que Cervantes devoraba aquellos libros de caballería. No puedes odiar algo tan violentamente a menos que una parte de tí la ame también. En cierto sentido Don Quijote, no era más que un doble de Cervantes.
—Estoy de acuerdo. ¿Qué mejor retrato de un escritor que mostrar a un hombre que ha quedado embrujado por los libros?
—Precisamente.
—En cualquier caso, puesto que se supone que el libro es real, de ello se deduce que la historia tiene que ser escrita por un testigo ocular de los sucesos que en ella ocurren. Pero Cide Hamete, el autor citado no aparece nunca. Ni una sola vez afirma estar presente cuando los sucesos tienen lugar.
—Si, ya veo a dónde quiere ir a parar.
—La historia que planteó en el artículo es que en realidad es aún combinación de cuatro personas diferentes. Sancho Panza es el testigo, naturalmente. No hay ningún otro candidato ya que es el único que acompaña a Don Quijote en todas sus aventuras. Pero Sancho no sabe leer ni escribir por lo tanto no puede ser el autor. Por otra parte sabemos que Sancho tiene un gran don para el lenguaje. A pesar de sus necios despropósitos, les da cien vueltas hablando a todos los demás personajes del libro. Me parece perfectamente posible que le dictará el libro a otra persona, es decir, al barbero y al cura, los buenos amigos de Don Quijote. Ellos pusieron la historia en perfecta forma literaria, en castellano, y luego entregaron el manuscrito a Sansón Carrasco, el bachiller de Salamanca, el cual procedió a traducirlo al árabe. Cervantes encontró la traducción, mandó pasarla de nuevo al castellano y luego publicó el libro “Don Quijote de la Mancha”
—Pero, ¿por qué se tomarían Sancho y los otros tantas molestias?
—Curar a Don Quijote de su locura. Recuerdo que al principio queman sus libros de caballerías pero eso no da resultado. El Caballero de la Triste Figura no renuncia a su obsesión. Entonces, en un momento u otro todos salen a buscarle con distintos disfraces (de dama en apuros, de Caballero de los Espejos, de Caballero de la Pálida Luna) con el fin de atraer a Don Quijote a casa. Al final lo consiguen. El libro no era más que uno de sus trucos. La idea era poner un espejo delante de la locura de Don Quijote, registrar cada uno de sus absurdos y ridículos delirios de tal modo que cuando leyese el libro viera lo erróneo de su conducta.
—Me gusta
—Si. Pero hay una última vuelta de tuerca. Don Quijote, en mi opinión, no estaba realmente loco. Sólo fingía estarlo. De hecho, él mismo orquestó todo el asunto. Recuerda que durante todo el libro Don Quijote está preocupado por la cuestión de la posteridad. Una y otra vez se pregunta con cuánta precisión recogerá su cronista sus aventuras. Esto implica conocimiento por su parte; sabe de antemano que ese cronista existe ¿y quién podría ser sino Sancho Panza, el fiel escudero a quien Don Quijote ha elegido para ese propósito? De la misma manera eligió a los otros tres para que desempeñaran los papeles que les había designado. Fue Don Quijote quien organizó el cuarteto Benengeli. Y no sólo seleccionó a los autores, probablemente fue él quien tradujo el manuscrito árabe de nuevo al castellano. No debemos considerarle incapaz de tal cosa. Para un hombre tan hábil en el arte del disfraz, oscurecerse la piel y vestirse con la ropa de un moro no debía de ser tan difícil. Me gusta imaginar la escena en el mercado de Toledo. Cervantes contratando a Don Quijote para descifrar la historia del propio Don Quijote. Tiene una gran belleza.
—Pero aún no ha explicado cómo un hombre como Don Quijote desorganizaría su vida tranquila para un engaño tan complicado.
—Esa es la parte más interesante de todas. En mi opinión, Don Quijote estaba realizando un experimento. Quería poner. Prueba la credulidad de sus semejantes. ¿Sería posible, se preguntaba, plantarse ante el mundo y con la más absoluta convicción vomitar mentiras y tonterías?¿Decirles que los molinos de viento eran gigantes, que la bacinilla de un barbero era un yelmo, que las marionetas eran personas de verdad?¿Sería posible persuadir a otros para que asintieran a lo que él decía, aunque no le creyeran? En otras palabras, ¿hasta qué punto toleraría la gente las blasfemias si les proporcionaban diversión? La respuesta era es evidente ¿no?:Hasta cualquier punto. La prueba es que todavía leemos el libro. Sigue pareciéndonos sumamente divertido. Y eso es en última instancia lo que cualquiera le pide a un libro, que le divierta.
Auster se recostó en el sofá, sonrió con irónico placer y encendió un cigarrillo...”

miércoles, 7 de septiembre de 2016

El Fuego de Montag


Al contrario que Don Quijote, Pepe Carvalho logró curarse del “Mal de Montano”. Al menos eso creía él. El detective no necesitó de una tía, una sobrina y un barbero para salir de la enfermedad de la literatura. Lo consiguió cuando decidió que ya estaba harto de pasearse por las historias de otros, de modo que se hizo detective en la España en tecnicolor de los últimos años de la dictadura. Su terapia era sencilla, aunque no estaba exenta de un ritual pseudo-religioso: cada vez que Carvalho encendía la chimenea de su querida casa de Vallvidriera, lo hacía con un libro de su extensa biblioteca. “Metió los libros bajo la leña con las hojas y la encuadernación forzadas y mientras le prendía fuego sentía por una parte prevención y por otra impaciencia para que la fogata brotara y el libro se convirtiera en un montón de palabras olvidadas” (Tatuaje).
A Don Quijote sólo la muerte pudo curarlo de la enfermedad. Durante toda su vida, a pesar de los intentos de familiares y amigos (el fuego acabó con la mayor parte de su biblioteca tras su primera salida), fue un letraherido que no dejo ni por un momento de pensar la vida en forma de literatura.